Caña y sangre: Los tambores de la montaña

 El agua fría del río me ardía en la espalda como si en lugar de corriente de agua limpia bajaran hilos de plomo derretido sobre mi cuerpo lastimado, era un castigo solo intentar moverme bajo esas condiciones. Tendido boca abajo sobre el lecho de piedras, oculto bajo el manto espeso de los sauces llorones, sentía el jadeo ronco de mi propio pecho disputándole cada bocanada de aire a la muerte. La carne de mi espalda corpulenta estaba hecha jirones; las líneas rojas y pegajosas que Sergio me había cruzado con su látigo de cuero grueso se abrían con el roce del agua, tiñendo de un matiz purpúreo las pozas cristalinas del oasis escondido. Sin embargo, el dolor físico no era más que un ladrido sordo comparado con el rugido de furia revolucionaria que me quemaba por dentro. Me habían arrastrado al poste de los castigos como a una res insubordinada, me habían hecho doblar las rodillas ante toda la dotación de esclavos, pero no habían logrado romperme el espinazo de cimarrón. Mi alma seguía libre de las cadenas de sumisión que quisieron imponerme a punta de latigazos. Mi cuerpo estaba lastimado, pero mi alma seguía libre.

A mi lado, agachada entre la maleza alta, Jazmín limpiaba mis heridas con una paciencia fría y analítica que me helaba la sangre. Aún vestía los restos de su vestido verde esmeralda, pero la seda cara de la corte ahora estaba manchada de mi sangre y del hollín del trapiche viejo que seguía humeando en el Lindero Este. No había rastro de compasión en sus ojos negros; su rostro de facciones delgadas mantenía esa soberbia majestuosa que ni el calabozo de Don Jorge ni las amenazas de ejecución pública de Sebastián Montenegro habían conseguido mitigar. Sostenía entre sus dedos finos la daga de plata que le había arrebatado a Leticia, usándola para cortar tiras de lino de su propia capa francesa para vendarme el torso. Su dedicación me sorprendía, realmente le importaba, verla ayudarme de esa manera levantaba mi ego, me hacia pensar que ella había vuelto por mi a esta hacienda, arriesgando esa posición tan privilegiada que había conseguido estando al lado del gobernador, siendo su Primera Dama.

—Muévete despacio, semental —susurró, y su voz melódica sonó como un susurro pausado entre el murmullo del agua—. El primer batallón de casacas rojas ya está peinando los linderos altos. Si tus piernas de gelatina no se asientan antes de que el sol corone la montaña, el Gobernador tendrá su patíbulo listo en la plaza principal.

—Ese bastardo de la capital va a tener que sudar sangre si quiere colgarme, morena —respondí con una voz ronca, escupiendo un hilo de saliva espesa y oscura sobre las piedras. Me apoyé en mis brazos toscos, ignorando el calambre abrasador que me recorrió la espina dorsal, y me incorporé a medias, quedando con el torso desnudo frente a ella. Mi cuerpo estaba debilitado, pero mi sangre empezaba a hervir por su presencia, ella era ese interruptor que disparaba mi deseo, su sola presencia llevaba mi excitación a un nivel que antes no había experimentado.

La cercanía de su cuerpo desató de inmediato esa tensión sexual enferma y salvaje que nos encadenaba desde el primer día en los pilones. La seda rota de su escote dejaba al descubierto la suavidad de sus pechos firmes, que subían y bajaban al ritmo de su respiración contenida. A pesar del desastre, del dolor y del asedio del ejército colonial, mi virilidad reaccionó con un ímpetu indomable, congestionándose bajo el pantalón rústico de tela con un latido caliente y urgente. El aroma salvaje de su piel morena, mezclado con las esencias caras del palacio y el olor acre de la pólvora, me nubló el juicio por completo. Estiré mi mano grande y callosa, atrapándola por la nuca con un agarre posesivo que la obligó a clavar sus ojos fosforescentes en los míos.

—Me usaste, Jazmín —le gruñí al oído, saboreando la distancia mínima entre nuestras bocas—. Te metiste en la biblioteca del Gobernador, te pusiste sus perlas y jugaste a ser la reina de los blancos mientras decodificabas sus mapas para tu propia guerra. Y anoche volviste al almacén solo para encender el fósforo que hiciera saltar la provincia. Me has convertido en el peón que desarrollara tus planes o de verdad estas preparándote para planear una revolución, quiero saber si esta causa es verdadera en tu corazón o simplemente la usas para cumplir tus objetivos.

Jazmín no se amedrentó ante la ruda presión de mis dedos. Al contrario, entrecerró los ojos con una sensualidad felina, sutilmente lasciva, y pegó sus curvas morenas contra mi pecho musculoso, provocando que mi miembro erecto se pegara directamente contra su pubis a través de la suavidad de la seda. Sentí que su sexo estaba ardiendo en deseo, latiendo con una fluidez caliente y abundante que respondía a mi agresividad con su propio juego de dominación elegante. Ella era un volcán de deseo que amenazaba con incendiarme y no podía evitar quemarme al sentirla tan cerca de mi cuerpo.

—El poder no se comparte, Baltasar, se ejecuta —replicó ella, rozando mis labios con una lentitud coqueta que me encendió las venas—. Sebastián creía que me dominaba con su firma legal, y Leticia creía que me destruía con sus intrigas neuróticas en el granero. Ninguno entendió que la esclava nueva manejaba el tablero. Te saqué del poste porque necesito tu fuerza bruta para arrastrar a los barracones a la rebelión, no porque pretenda volver a acostarme contigo en la paja sucia de una cama.

Su madurez psicológica era letal, fría como el mármol de la capital, pero la lascivia carnal que emanaba de su anatomía la contradecía. Sin aguantar más la provocación, la atraje hacia mí en un beso salvaje, crudo, hambriento, invadiendo su boca con una voracidad que nos arrancó un gemido unísono. Fue un intercambio brutal de fluidos y fluidos en medio de la maleza brava, un sello de traición y lujuria donde ella clavó sus uñas perfectas en mis hombros heridos, fundiendo nuestro dolor con el latido caliente de una obsesión maldita que no dependía de los amos. Su cuerpo demostraba lo contrario a sus palabras. Por eso no quería soltarla, quería que me suplicara, quería hacerla mía sobre la tierra que estábamos parados, volver a sentir ese caliente interior de su sexo, una y otra vez sin descanso.

Nos separamos jadeando, su cuerpo caliente y el sabor de sus labios eran la miel que siempre deseaba probar, no quería perder tiempo en tonterías, me volví a acercar a ella, cuando el eco profundo, sordo y rítmico de un tambor comenzó a retumbar desde las cumbres del norte, interrumpiendo la espesura erótica de la estancia del río. Muy a mi pesar que quería penetrarla y hacerla mía en este lugar.

No eran los tambores de fiesta de los barracones bajos; era el llamado del quilombo, la vibración de los cimarrones libres que controlaban las montañas de la frontera. Jazmín se enderezó de inmediato, recuperando su máscara de frialdad analítica, y miró hacia las alturas con una fijeza calculadora. La red que había tejido a espaldas de Sebastián Montenegro estaba empezando a responder.

—Es la hora, semental —dijo, pasándose la mano por los labios carmín para limpiarse el rastro de mi sangre—. Los hombres de las montañas ya saben que la Primera Dama ha quemado los monopolios del azúcar de la Corona. Llego la hora de actuar y que me demuestres que esa mirada de libertad la llevas en la sangre.

Me puse en pie con dificultad, apoyándome en el mosquete del soldado colonial que Jazmín había ejecutado en el patio. Mi contextura corpulenta recortaba el horizonte gris del amanecer. Miré hacia atrás, hacia la silueta lejana de la casona principal de Don Jorge. Sabía que allí dentro, Leticia estaría presa de su humillación, atrapada en su propia inestabilidad emocional tras haber sido encerrada en su calabozo de adobe; y que Sebastián Montenegro estaría movilizando a sus casacas rojas con una furia demente, obsesionado por recuperar la pieza de bronce que le había destrozado el orgullo de estratega. Esta guerra se estaba volviendo peligrosa, las piezas estaban sobre el tablero y mi duda estaba en que tan importante era mi presencia en este juego de estrategia que esa morena había armado a escondida de todos.

La cacería estaba declarada, pero el fango del sur ya no nos pertenecía solo a los esclavos que trabajaban estas tierras. Con el arma al hombro y los ojos fijos en la loba verde esmeralda que caminaba delante de mí guiando mis pasos, comencé el ascenso hacia las cumbres de la libertad salvaje. El precio de mi corona carnal y política iba a cobrarse con el fuego de una guerra absoluta, y esta vez, ni las leyes de los blancos ni el oro del Gobernador serían suficientes para apagar la ceniza ardiente que Jazmín había desatado sobre toda la provincia. Solo esperaba que ese fuego no consumiera mi cuerpo y mi sueño de libertad por fin dejara de ser un sueño. Las fichas estaban sobre la mesa sobreviviría el más fuerte y destino decidiría que bando sería el ganador.




El agua fría del río me ardía en la espalda como si en lugar de corriente de agua limpia bajaran hilos de plomo derretido sobre mi cuerpo lastimado, era un castigo solo intentar moverme bajo esas condiciones. Tendido boca abajo sobre el lecho de piedras, oculto bajo el manto espeso de los sauces llorones, sentía el jadeo ronco de mi propio pecho disputándole cada bocanada de aire a la muerte. La carne de mi espalda corpulenta estaba hecha jirones; las líneas rojas y pegajosas que Sergio me había cruzado con su látigo de cuero grueso se abrían con el roce del agua, tiñendo de un matiz purpúreo las pozas cristalinas del oasis escondido. Sin embargo, el dolor físico no era más que un ladrido sordo comparado con el rugido de furia revolucionaria que me quemaba por dentro. Me habían arrastrado al poste de los castigos como a una res insubordinada, me habían hecho doblar las rodillas ante toda la dotación de esclavos, pero no habían logrado romperme el espinazo de cimarrón. Mi alma seguía libre de las cadenas de sumisión que quisieron imponerme a punta de latigazos. Mi cuerpo estaba lastimado, pero mi alma seguía libre.

A mi lado, agachada entre la maleza alta, Jazmín limpiaba mis heridas con una paciencia fría y analítica que me helaba la sangre. Aún vestía los restos de su vestido verde esmeralda, pero la seda cara de la corte ahora estaba manchada de mi sangre y del hollín del trapiche viejo que seguía humeando en el Lindero Este. No había rastro de compasión en sus ojos negros; su rostro de facciones delgadas mantenía esa soberbia majestuosa que ni el calabozo de Don Jorge ni las amenazas de ejecución pública de Sebastián Montenegro habían conseguido mitigar. Sostenía entre sus dedos finos la daga de plata que le había arrebatado a Leticia, usándola para cortar tiras de lino de su propia capa francesa para vendarme el torso. Su dedicación me sorprendía, realmente le importaba, verla ayudarme de esa manera levantaba mi ego, me hacia pensar que ella había vuelto por mi a esta hacienda, arriesgando esa posición tan privilegiada que había conseguido estando al lado del gobernador, siendo su Primera Dama.

—Muévete despacio, semental —susurró, y su voz melódica sonó como un susurro pausado entre el murmullo del agua—. El primer batallón de casacas rojas ya está peinando los linderos altos. Si tus piernas de gelatina no se asientan antes de que el sol corone la montaña, el Gobernador tendrá su patíbulo listo en la plaza principal.

—Ese bastardo de la capital va a tener que sudar sangre si quiere colgarme, morena —respondí con una voz ronca, escupiendo un hilo de saliva espesa y oscura sobre las piedras. Me apoyé en mis brazos toscos, ignorando el calambre abrasador que me recorrió la espina dorsal, y me incorporé a medias, quedando con el torso desnudo frente a ella. Mi cuerpo estaba debilitado, pero mi sangre empezaba a hervir por su presencia, ella era ese interruptor que disparaba mi deseo, su sola presencia llevaba mi excitación a un nivel que antes no había experimentado.

La cercanía de su cuerpo desató de inmediato esa tensión sexual enferma y salvaje que nos encadenaba desde el primer día en los pilones. La seda rota de su escote dejaba al descubierto la suavidad de sus pechos firmes, que subían y bajaban al ritmo de su respiración contenida. A pesar del desastre, del dolor y del asedio del ejército colonial, mi virilidad reaccionó con un ímpetu indomable, congestionándose bajo el pantalón rústico de tela con un latido caliente y urgente. El aroma salvaje de su piel morena, mezclado con las esencias caras del palacio y el olor acre de la pólvora, me nubló el juicio por completo. Estiré mi mano grande y callosa, atrapándola por la nuca con un agarre posesivo que la obligó a clavar sus ojos fosforescentes en los míos.

—Me usaste, Jazmín —le gruñí al oído, saboreando la distancia mínima entre nuestras bocas—. Te metiste en la biblioteca del Gobernador, te pusiste sus perlas y jugaste a ser la reina de los blancos mientras decodificabas sus mapas para tu propia guerra. Y anoche volviste al almacén solo para encender el fósforo que hiciera saltar la provincia. Me has convertido en el peón que desarrollara tus planes o de verdad estas preparándote para planear una revolución, quiero saber si esta causa es verdadera en tu corazón o simplemente la usas para cumplir tus objetivos.

Jazmín no se amedrentó ante la ruda presión de mis dedos. Al contrario, entrecerró los ojos con una sensualidad felina, sutilmente lasciva, y pegó sus curvas morenas contra mi pecho musculoso, provocando que mi miembro erecto se pegara directamente contra su pubis a través de la suavidad de la seda. Sentí que su sexo estaba ardiendo en deseo, latiendo con una fluidez caliente y abundante que respondía a mi agresividad con su propio juego de dominación elegante. Ella era un volcán de deseo que amenazaba con incendiarme y no podía evitar quemarme al sentirla tan cerca de mi cuerpo.

—El poder no se comparte, Baltasar, se ejecuta —replicó ella, rozando mis labios con una lentitud coqueta que me encendió las venas—. Sebastián creía que me dominaba con su firma legal, y Leticia creía que me destruía con sus intrigas neuróticas en el granero. Ninguno entendió que la esclava nueva manejaba el tablero. Te saqué del poste porque necesito tu fuerza bruta para arrastrar a los barracones a la rebelión, no porque pretenda volver a acostarme contigo en la paja sucia de una cama.

Su madurez psicológica era letal, fría como el mármol de la capital, pero la lascivia carnal que emanaba de su anatomía la contradecía. Sin aguantar más la provocación, la atraje hacia mí en un beso salvaje, crudo, hambriento, invadiendo su boca con una voracidad que nos arrancó un gemido unísono. Fue un intercambio brutal de fluidos y fluidos en medio de la maleza brava, un sello de traición y lujuria donde ella clavó sus uñas perfectas en mis hombros heridos, fundiendo nuestro dolor con el latido caliente de una obsesión maldita que no dependía de los amos. Su cuerpo demostraba lo contrario a sus palabras. Por eso no quería soltarla, quería que me suplicara, quería hacerla mía sobre la tierra que estábamos parados, volver a sentir ese caliente interior de su sexo, una y otra vez sin descanso.

Nos separamos jadeando, su cuerpo caliente y el sabor de sus labios eran la miel que siempre deseaba probar, no quería perder tiempo en tonterías, me volví a acercar a ella, cuando el eco profundo, sordo y rítmico de un tambor comenzó a retumbar desde las cumbres del norte, interrumpiendo la espesura erótica de la estancia del río. Muy a mi pesar que quería penetrarla y hacerla mía en este lugar.

No eran los tambores de fiesta de los barracones bajos; era el llamado del quilombo, la vibración de los cimarrones libres que controlaban las montañas de la frontera. Jazmín se enderezó de inmediato, recuperando su máscara de frialdad analítica, y miró hacia las alturas con una fijeza calculadora. La red que había tejido a espaldas de Sebastián Montenegro estaba empezando a responder.

—Es la hora, semental —dijo, pasándose la mano por los labios carmín para limpiarse el rastro de mi sangre—. Los hombres de las montañas ya saben que la Primera Dama ha quemado los monopolios del azúcar de la Corona. Llego la hora de actuar y que me demuestres que esa mirada de libertad la llevas en la sangre.

Me puse en pie con dificultad, apoyándome en el mosquete del soldado colonial que Jazmín había ejecutado en el patio. Mi contextura corpulenta recortaba el horizonte gris del amanecer. Miré hacia atrás, hacia la silueta lejana de la casona principal de Don Jorge. Sabía que allí dentro, Leticia estaría presa de su humillación, atrapada en su propia inestabilidad emocional tras haber sido encerrada en su calabozo de adobe; y que Sebastián Montenegro estaría movilizando a sus casacas rojas con una furia demente, obsesionado por recuperar la pieza de bronce que le había destrozado el orgullo de estratega. Esta guerra se estaba volviendo peligrosa, las piezas estaban sobre el tablero y mi duda estaba en que tan importante era mi presencia en este juego de estrategia que esa morena había armado a escondida de todos.

La cacería estaba declarada, pero el fango del sur ya no nos pertenecía solo a los esclavos que trabajaban estas tierras. Con el arma al hombro y los ojos fijos en la loba verde esmeralda que caminaba delante de mí guiando mis pasos, comencé el ascenso hacia las cumbres de la libertad salvaje. El precio de mi corona carnal y política iba a cobrarse con el fuego de una guerra absoluta, y esta vez, ni las leyes de los blancos ni el oro del Gobernador serían suficientes para apagar la ceniza ardiente que Jazmín había desatado sobre toda la provincia. Solo esperaba que ese fuego no consumiera mi cuerpo y mi sueño de libertad por fin dejara de ser un sueño. Las fichas estaban sobre la mesa sobreviviría el más fuerte y destino decidiría que bando sería el ganador.

 

 

 

 

 

 

 

 El agua fría del río me ardía en la espalda como si en lugar de corriente de agua limpia bajaran hilos de plomo derretido sobre mi cuerpo lastimado, era un castigo solo intentar moverme bajo esas condiciones. Tendido boca abajo sobre el lecho de piedras, oculto bajo el manto espeso de los sauces llorones, sentía el jadeo ronco de mi propio pecho disputándole cada bocanada de aire a la muerte. La carne de mi espalda corpulenta estaba hecha jirones; las líneas rojas y pegajosas que Sergio me había cruzado con su látigo de cuero grueso se abrían con el roce del agua, tiñendo de un matiz purpúreo las pozas cristalinas del oasis escondido. Sin embargo, el dolor físico no era más que un ladrido sordo comparado con el rugido de furia revolucionaria que me quemaba por dentro. Me habían arrastrado al poste de los castigos como a una res insubordinada, me habían hecho doblar las rodillas ante toda la dotación de esclavos, pero no habían logrado romperme el espinazo de cimarrón. Mi alma seguía libre de las cadenas de sumisión que quisieron imponerme a punta de latigazos. Mi cuerpo estaba lastimado, pero mi alma seguía libre.

A mi lado, agachada entre la maleza alta, Jazmín limpiaba mis heridas con una paciencia fría y analítica que me helaba la sangre. Aún vestía los restos de su vestido verde esmeralda, pero la seda cara de la corte ahora estaba manchada de mi sangre y del hollín del trapiche viejo que seguía humeando en el Lindero Este. No había rastro de compasión en sus ojos negros; su rostro de facciones delgadas mantenía esa soberbia majestuosa que ni el calabozo de Don Jorge ni las amenazas de ejecución pública de Sebastián Montenegro habían conseguido mitigar. Sostenía entre sus dedos finos la daga de plata que le había arrebatado a Leticia, usándola para cortar tiras de lino de su propia capa francesa para vendarme el torso. Su dedicación me sorprendía, realmente le importaba, verla ayudarme de esa manera levantaba mi ego, me hacia pensar que ella había vuelto por mi a esta hacienda, arriesgando esa posición tan privilegiada que había conseguido estando al lado del gobernador, siendo su Primera Dama.

—Muévete despacio, semental —susurró, y su voz melódica sonó como un susurro pausado entre el murmullo del agua—. El primer batallón de casacas rojas ya está peinando los linderos altos. Si tus piernas de gelatina no se asientan antes de que el sol corone la montaña, el Gobernador tendrá su patíbulo listo en la plaza principal.

—Ese bastardo de la capital va a tener que sudar sangre si quiere colgarme, morena —respondí con una voz ronca, escupiendo un hilo de saliva espesa y oscura sobre las piedras. Me apoyé en mis brazos toscos, ignorando el calambre abrasador que me recorrió la espina dorsal, y me incorporé a medias, quedando con el torso desnudo frente a ella. Mi cuerpo estaba debilitado, pero mi sangre empezaba a hervir por su presencia, ella era ese interruptor que disparaba mi deseo, su sola presencia llevaba mi excitación a un nivel que antes no había experimentado.

La cercanía de su cuerpo desató de inmediato esa tensión sexual enferma y salvaje que nos encadenaba desde el primer día en los pilones. La seda rota de su escote dejaba al descubierto la suavidad de sus pechos firmes, que subían y bajaban al ritmo de su respiración contenida. A pesar del desastre, del dolor y del asedio del ejército colonial, mi virilidad reaccionó con un ímpetu indomable, congestionándose bajo el pantalón rústico de tela con un latido caliente y urgente. El aroma salvaje de su piel morena, mezclado con las esencias caras del palacio y el olor acre de la pólvora, me nubló el juicio por completo. Estiré mi mano grande y callosa, atrapándola por la nuca con un agarre posesivo que la obligó a clavar sus ojos fosforescentes en los míos.

—Me usaste, Jazmín —le gruñí al oído, saboreando la distancia mínima entre nuestras bocas—. Te metiste en la biblioteca del Gobernador, te pusiste sus perlas y jugaste a ser la reina de los blancos mientras decodificabas sus mapas para tu propia guerra. Y anoche volviste al almacén solo para encender el fósforo que hiciera saltar la provincia. Me has convertido en el peón que desarrollara tus planes o de verdad estas preparándote para planear una revolución, quiero saber si esta causa es verdadera en tu corazón o simplemente la usas para cumplir tus objetivos.

Jazmín no se amedrentó ante la ruda presión de mis dedos. Al contrario, entrecerró los ojos con una sensualidad felina, sutilmente lasciva, y pegó sus curvas morenas contra mi pecho musculoso, provocando que mi miembro erecto se pegara directamente contra su pubis a través de la suavidad de la seda. Sentí que su sexo estaba ardiendo en deseo, latiendo con una fluidez caliente y abundante que respondía a mi agresividad con su propio juego de dominación elegante. Ella era un volcán de deseo que amenazaba con incendiarme y no podía evitar quemarme al sentirla tan cerca de mi cuerpo.

—El poder no se comparte, Baltasar, se ejecuta —replicó ella, rozando mis labios con una lentitud coqueta que me encendió las venas—. Sebastián creía que me dominaba con su firma legal, y Leticia creía que me destruía con sus intrigas neuróticas en el granero. Ninguno entendió que la esclava nueva manejaba el tablero. Te saqué del poste porque necesito tu fuerza bruta para arrastrar a los barracones a la rebelión, no porque pretenda volver a acostarme contigo en la paja sucia de una cama.

Su madurez psicológica era letal, fría como el mármol de la capital, pero la lascivia carnal que emanaba de su anatomía la contradecía. Sin aguantar más la provocación, la atraje hacia mí en un beso salvaje, crudo, hambriento, invadiendo su boca con una voracidad que nos arrancó un gemido unísono. Fue un intercambio brutal de fluidos y fluidos en medio de la maleza brava, un sello de traición y lujuria donde ella clavó sus uñas perfectas en mis hombros heridos, fundiendo nuestro dolor con el latido caliente de una obsesión maldita que no dependía de los amos. Su cuerpo demostraba lo contrario a sus palabras. Por eso no quería soltarla, quería que me suplicara, quería hacerla mía sobre la tierra que estábamos parados, volver a sentir ese caliente interior de su sexo, una y otra vez sin descanso.

Nos separamos jadeando, su cuerpo caliente y el sabor de sus labios eran la miel que siempre deseaba probar, no quería perder tiempo en tonterías, me volví a acercar a ella, cuando el eco profundo, sordo y rítmico de un tambor comenzó a retumbar desde las cumbres del norte, interrumpiendo la espesura erótica de la estancia del río. Muy a mi pesar que quería penetrarla y hacerla mía en este lugar.

No eran los tambores de fiesta de los barracones bajos; era el llamado del quilombo, la vibración de los cimarrones libres que controlaban las montañas de la frontera. Jazmín se enderezó de inmediato, recuperando su máscara de frialdad analítica, y miró hacia las alturas con una fijeza calculadora. La red que había tejido a espaldas de Sebastián Montenegro estaba empezando a responder.

—Es la hora, semental —dijo, pasándose la mano por los labios carmín para limpiarse el rastro de mi sangre—. Los hombres de las montañas ya saben que la Primera Dama ha quemado los monopolios del azúcar de la Corona. Llego la hora de actuar y que me demuestres que esa mirada de libertad la llevas en la sangre.

Me puse en pie con dificultad, apoyándome en el mosquete del soldado colonial que Jazmín había ejecutado en el patio. Mi contextura corpulenta recortaba el horizonte gris del amanecer. Miré hacia atrás, hacia la silueta lejana de la casona principal de Don Jorge. Sabía que allí dentro, Leticia estaría presa de su humillación, atrapada en su propia inestabilidad emocional tras haber sido encerrada en su calabozo de adobe; y que Sebastián Montenegro estaría movilizando a sus casacas rojas con una furia demente, obsesionado por recuperar la pieza de bronce que le había destrozado el orgullo de estratega. Esta guerra se estaba volviendo peligrosa, las piezas estaban sobre el tablero y mi duda estaba en que tan importante era mi presencia en este juego de estrategia que esa morena había armado a escondida de todos.

La cacería estaba declarada, pero el fango del sur ya no nos pertenecía solo a los esclavos que trabajaban estas tierras. Con el arma al hombro y los ojos fijos en la loba verde esmeralda que caminaba delante de mí guiando mis pasos, comencé el ascenso hacia las cumbres de la libertad salvaje. El precio de mi corona carnal y política iba a cobrarse con el fuego de una guerra absoluta, y esta vez, ni las leyes de los blancos ni el oro del Gobernador serían suficientes para apagar la ceniza ardiente que Jazmín había desatado sobre toda la provincia. Solo esperaba que ese fuego no consumiera mi cuerpo y mi sueño de libertad por fin dejara de ser un sueño. Las fichas estaban sobre la mesa sobreviviría el más fuerte y destino decidiría que bando sería el ganador.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El agua fría del río me ardía en la espalda como si en lugar de corriente de agua limpia bajaran hilos de plomo derretido sobre mi cuerpo lastimado, era un castigo solo intentar moverme bajo esas condiciones. Tendido boca abajo sobre el lecho de piedras, oculto bajo el manto espeso de los sauces llorones, sentía el jadeo ronco de mi propio pecho disputándole cada bocanada de aire a la muerte. La carne de mi espalda corpulenta estaba hecha jirones; las líneas rojas y pegajosas que Sergio me había cruzado con su látigo de cuero grueso se abrían con el roce del agua, tiñendo de un matiz purpúreo las pozas cristalinas del oasis escondido. Sin embargo, el dolor físico no era más que un ladrido sordo comparado con el rugido de furia revolucionaria que me quemaba por dentro. Me habían arrastrado al poste de los castigos como a una res insubordinada, me habían hecho doblar las rodillas ante toda la dotación de esclavos, pero no habían logrado romperme el espinazo de cimarrón. Mi alma seguía libre de las cadenas de sumisión que quisieron imponerme a punta de latigazos. Mi cuerpo estaba lastimado, pero mi alma seguía libre.

A mi lado, agachada entre la maleza alta, Jazmín limpiaba mis heridas con una paciencia fría y analítica que me helaba la sangre. Aún vestía los restos de su vestido verde esmeralda, pero la seda cara de la corte ahora estaba manchada de mi sangre y del hollín del trapiche viejo que seguía humeando en el Lindero Este. No había rastro de compasión en sus ojos negros; su rostro de facciones delgadas mantenía esa soberbia majestuosa que ni el calabozo de Don Jorge ni las amenazas de ejecución pública de Sebastián Montenegro habían conseguido mitigar. Sostenía entre sus dedos finos la daga de plata que le había arrebatado a Leticia, usándola para cortar tiras de lino de su propia capa francesa para vendarme el torso. Su dedicación me sorprendía, realmente le importaba, verla ayudarme de esa manera levantaba mi ego, me hacia pensar que ella había vuelto por mi a esta hacienda, arriesgando esa posición tan privilegiada que había conseguido estando al lado del gobernador, siendo su Primera Dama.

—Muévete despacio, semental —susurró, y su voz melódica sonó como un susurro pausado entre el murmullo del agua—. El primer batallón de casacas rojas ya está peinando los linderos altos. Si tus piernas de gelatina no se asientan antes de que el sol corone la montaña, el Gobernador tendrá su patíbulo listo en la plaza principal.

—Ese bastardo de la capital va a tener que sudar sangre si quiere colgarme, morena —respondí con una voz ronca, escupiendo un hilo de saliva espesa y oscura sobre las piedras. Me apoyé en mis brazos toscos, ignorando el calambre abrasador que me recorrió la espina dorsal, y me incorporé a medias, quedando con el torso desnudo frente a ella. Mi cuerpo estaba debilitado, pero mi sangre empezaba a hervir por su presencia, ella era ese interruptor que disparaba mi deseo, su sola presencia llevaba mi excitación a un nivel que antes no había experimentado.

La cercanía de su cuerpo desató de inmediato esa tensión sexual enferma y salvaje que nos encadenaba desde el primer día en los pilones. La seda rota de su escote dejaba al descubierto la suavidad de sus pechos firmes, que subían y bajaban al ritmo de su respiración contenida. A pesar del desastre, del dolor y del asedio del ejército colonial, mi virilidad reaccionó con un ímpetu indomable, congestionándose bajo el pantalón rústico de tela con un latido caliente y urgente. El aroma salvaje de su piel morena, mezclado con las esencias caras del palacio y el olor acre de la pólvora, me nubló el juicio por completo. Estiré mi mano grande y callosa, atrapándola por la nuca con un agarre posesivo que la obligó a clavar sus ojos fosforescentes en los míos.

—Me usaste, Jazmín —le gruñí al oído, saboreando la distancia mínima entre nuestras bocas—. Te metiste en la biblioteca del Gobernador, te pusiste sus perlas y jugaste a ser la reina de los blancos mientras decodificabas sus mapas para tu propia guerra. Y anoche volviste al almacén solo para encender el fósforo que hiciera saltar la provincia. Me has convertido en el peón que desarrollara tus planes o de verdad estas preparándote para planear una revolución, quiero saber si esta causa es verdadera en tu corazón o simplemente la usas para cumplir tus objetivos.

Jazmín no se amedrentó ante la ruda presión de mis dedos. Al contrario, entrecerró los ojos con una sensualidad felina, sutilmente lasciva, y pegó sus curvas morenas contra mi pecho musculoso, provocando que mi miembro erecto se pegara directamente contra su pubis a través de la suavidad de la seda. Sentí que su sexo estaba ardiendo en deseo, latiendo con una fluidez caliente y abundante que respondía a mi agresividad con su propio juego de dominación elegante. Ella era un volcán de deseo que amenazaba con incendiarme y no podía evitar quemarme al sentirla tan cerca de mi cuerpo.

—El poder no se comparte, Baltasar, se ejecuta —replicó ella, rozando mis labios con una lentitud coqueta que me encendió las venas—. Sebastián creía que me dominaba con su firma legal, y Leticia creía que me destruía con sus intrigas neuróticas en el granero. Ninguno entendió que la esclava nueva manejaba el tablero. Te saqué del poste porque necesito tu fuerza bruta para arrastrar a los barracones a la rebelión, no porque pretenda volver a acostarme contigo en la paja sucia de una cama.

Su madurez psicológica era letal, fría como el mármol de la capital, pero la lascivia carnal que emanaba de su anatomía la contradecía. Sin aguantar más la provocación, la atraje hacia mí en un beso salvaje, crudo, hambriento, invadiendo su boca con una voracidad que nos arrancó un gemido unísono. Fue un intercambio brutal de fluidos y fluidos en medio de la maleza brava, un sello de traición y lujuria donde ella clavó sus uñas perfectas en mis hombros heridos, fundiendo nuestro dolor con el latido caliente de una obsesión maldita que no dependía de los amos. Su cuerpo demostraba lo contrario a sus palabras. Por eso no quería soltarla, quería que me suplicara, quería hacerla mía sobre la tierra que estábamos parados, volver a sentir ese caliente interior de su sexo, una y otra vez sin descanso.

Nos separamos jadeando, su cuerpo caliente y el sabor de sus labios eran la miel que siempre deseaba probar, no quería perder tiempo en tonterías, me volví a acercar a ella, cuando el eco profundo, sordo y rítmico de un tambor comenzó a retumbar desde las cumbres del norte, interrumpiendo la espesura erótica de la estancia del río. Muy a mi pesar que quería penetrarla y hacerla mía en este lugar.

No eran los tambores de fiesta de los barracones bajos; era el llamado del quilombo, la vibración de los cimarrones libres que controlaban las montañas de la frontera. Jazmín se enderezó de inmediato, recuperando su máscara de frialdad analítica, y miró hacia las alturas con una fijeza calculadora. La red que había tejido a espaldas de Sebastián Montenegro estaba empezando a responder.

—Es la hora, semental —dijo, pasándose la mano por los labios carmín para limpiarse el rastro de mi sangre—. Los hombres de las montañas ya saben que la Primera Dama ha quemado los monopolios del azúcar de la Corona. Llego la hora de actuar y que me demuestres que esa mirada de libertad la llevas en la sangre.

Me puse en pie con dificultad, apoyándome en el mosquete del soldado colonial que Jazmín había ejecutado en el patio. Mi contextura corpulenta recortaba el horizonte gris del amanecer. Miré hacia atrás, hacia la silueta lejana de la casona principal de Don Jorge. Sabía que allí dentro, Leticia estaría presa de su humillación, atrapada en su propia inestabilidad emocional tras haber sido encerrada en su calabozo de adobe; y que Sebastián Montenegro estaría movilizando a sus casacas rojas con una furia demente, obsesionado por recuperar la pieza de bronce que le había destrozado el orgullo de estratega. Esta guerra se estaba volviendo peligrosa, las piezas estaban sobre el tablero y mi duda estaba en que tan importante era mi presencia en este juego de estrategia que esa morena había armado a escondida de todos.

La cacería estaba declarada, pero el fango del sur ya no nos pertenecía solo a los esclavos que trabajaban estas tierras. Con el arma al hombro y los ojos fijos en la loba verde esmeralda que caminaba delante de mí guiando mis pasos, comencé el ascenso hacia las cumbres de la libertad salvaje. El precio de mi corona carnal y política iba a cobrarse con el fuego de una guerra absoluta, y esta vez, ni las leyes de los blancos ni el oro del Gobernador serían suficientes para apagar la ceniza ardiente que Jazmín había desatado sobre toda la provincia. Solo esperaba que ese fuego no consumiera mi cuerpo y mi sueño de libertad por fin dejara de ser un sueño. Las fichas estaban sobre la mesa sobreviviría el más fuerte y destino decidiría que bando sería el ganador.












El agua fría del río me ardía en la espalda como si en lugar de corriente de agua limpia bajaran hilos de plomo derretido sobre mi cuerpo lastimado, era un castigo solo intentar moverme bajo esas condiciones. Tendido boca abajo sobre el lecho de piedras, oculto bajo el manto espeso de los sauces llorones, sentía el jadeo ronco de mi propio pecho disputándole cada bocanada de aire a la muerte. La carne de mi espalda corpulenta estaba hecha jirones; las líneas rojas y pegajosas que Sergio me había cruzado con su látigo de cuero grueso se abrían con el roce del agua, tiñendo de un matiz purpúreo las pozas cristalinas del oasis escondido. Sin embargo, el dolor físico no era más que un ladrido sordo comparado con el rugido de furia revolucionaria que me quemaba por dentro. Me habían arrastrado al poste de los castigos como a una res insubordinada, me habían hecho doblar las rodillas ante toda la dotación de esclavos, pero no habían logrado romperme el espinazo de cimarrón. Mi alma seguía libre de las cadenas de sumisión que quisieron imponerme a punta de latigazos. Mi cuerpo estaba lastimado, pero mi alma seguía libre.

A mi lado, agachada entre la maleza alta, Jazmín limpiaba mis heridas con una paciencia fría y analítica que me helaba la sangre. Aún vestía los restos de su vestido verde esmeralda, pero la seda cara de la corte ahora estaba manchada de mi sangre y del hollín del trapiche viejo que seguía humeando en el Lindero Este. No había rastro de compasión en sus ojos negros; su rostro de facciones delgadas mantenía esa soberbia majestuosa que ni el calabozo de Don Jorge ni las amenazas de ejecución pública de Sebastián Montenegro habían conseguido mitigar. Sostenía entre sus dedos finos la daga de plata que le había arrebatado a Leticia, usándola para cortar tiras de lino de su propia capa francesa para vendarme el torso. Su dedicación me sorprendía, realmente le importaba, verla ayudarme de esa manera levantaba mi ego, me hacia pensar que ella había vuelto por mi a esta hacienda, arriesgando esa posición tan privilegiada que había conseguido estando al lado del gobernador, siendo su Primera Dama.

—Muévete despacio, semental —susurró, y su voz melódica sonó como un susurro pausado entre el murmullo del agua—. El primer batallón de casacas rojas ya está peinando los linderos altos. Si tus piernas de gelatina no se asientan antes de que el sol corone la montaña, el Gobernador tendrá su patíbulo listo en la plaza principal.

—Ese bastardo de la capital va a tener que sudar sangre si quiere colgarme, morena —respondí con una voz ronca, escupiendo un hilo de saliva espesa y oscura sobre las piedras. Me apoyé en mis brazos toscos, ignorando el calambre abrasador que me recorrió la espina dorsal, y me incorporé a medias, quedando con el torso desnudo frente a ella. Mi cuerpo estaba debilitado, pero mi sangre empezaba a hervir por su presencia, ella era ese interruptor que disparaba mi deseo, su sola presencia llevaba mi excitación a un nivel que antes no había experimentado.

La cercanía de su cuerpo desató de inmediato esa tensión sexual enferma y salvaje que nos encadenaba desde el primer día en los pilones. La seda rota de su escote dejaba al descubierto la suavidad de sus pechos firmes, que subían y bajaban al ritmo de su respiración contenida. A pesar del desastre, del dolor y del asedio del ejército colonial, mi virilidad reaccionó con un ímpetu indomable, congestionándose bajo el pantalón rústico de tela con un latido caliente y urgente. El aroma salvaje de su piel morena, mezclado con las esencias caras del palacio y el olor acre de la pólvora, me nubló el juicio por completo. Estiré mi mano grande y callosa, atrapándola por la nuca con un agarre posesivo que la obligó a clavar sus ojos fosforescentes en los míos.

—Me usaste, Jazmín —le gruñí al oído, saboreando la distancia mínima entre nuestras bocas—. Te metiste en la biblioteca del Gobernador, te pusiste sus perlas y jugaste a ser la reina de los blancos mientras decodificabas sus mapas para tu propia guerra. Y anoche volviste al almacén solo para encender el fósforo que hiciera saltar la provincia. Me has convertido en el peón que desarrollara tus planes o de verdad estas preparándote para planear una revolución, quiero saber si esta causa es verdadera en tu corazón o simplemente la usas para cumplir tus objetivos.

Jazmín no se amedrentó ante la ruda presión de mis dedos. Al contrario, entrecerró los ojos con una sensualidad felina, sutilmente lasciva, y pegó sus curvas morenas contra mi pecho musculoso, provocando que mi miembro erecto se pegara directamente contra su pubis a través de la suavidad de la seda. Sentí que su sexo estaba ardiendo en deseo, latiendo con una fluidez caliente y abundante que respondía a mi agresividad con su propio juego de dominación elegante. Ella era un volcán de deseo que amenazaba con incendiarme y no podía evitar quemarme al sentirla tan cerca de mi cuerpo.

—El poder no se comparte, Baltasar, se ejecuta —replicó ella, rozando mis labios con una lentitud coqueta que me encendió las venas—. Sebastián creía que me dominaba con su firma legal, y Leticia creía que me destruía con sus intrigas neuróticas en el granero. Ninguno entendió que la esclava nueva manejaba el tablero. Te saqué del poste porque necesito tu fuerza bruta para arrastrar a los barracones a la rebelión, no porque pretenda volver a acostarme contigo en la paja sucia de una cama.

Su madurez psicológica era letal, fría como el mármol de la capital, pero la lascivia carnal que emanaba de su anatomía la contradecía. Sin aguantar más la provocación, la atraje hacia mí en un beso salvaje, crudo, hambriento, invadiendo su boca con una voracidad que nos arrancó un gemido unísono. Fue un intercambio brutal de fluidos y fluidos en medio de la maleza brava, un sello de traición y lujuria donde ella clavó sus uñas perfectas en mis hombros heridos, fundiendo nuestro dolor con el latido caliente de una obsesión maldita que no dependía de los amos. Su cuerpo demostraba lo contrario a sus palabras. Por eso no quería soltarla, quería que me suplicara, quería hacerla mía sobre la tierra que estábamos parados, volver a sentir ese caliente interior de su sexo, una y otra vez sin descanso.

Nos separamos jadeando, su cuerpo caliente y el sabor de sus labios eran la miel que siempre deseaba probar, no quería perder tiempo en tonterías, me volví a acercar a ella, cuando el eco profundo, sordo y rítmico de un tambor comenzó a retumbar desde las cumbres del norte, interrumpiendo la espesura erótica de la estancia del río. Muy a mi pesar que quería penetrarla y hacerla mía en este lugar.

No eran los tambores de fiesta de los barracones bajos; era el llamado del quilombo, la vibración de los cimarrones libres que controlaban las montañas de la frontera. Jazmín se enderezó de inmediato, recuperando su máscara de frialdad analítica, y miró hacia las alturas con una fijeza calculadora. La red que había tejido a espaldas de Sebastián Montenegro estaba empezando a responder.

—Es la hora, semental —dijo, pasándose la mano por los labios carmín para limpiarse el rastro de mi sangre—. Los hombres de las montañas ya saben que la Primera Dama ha quemado los monopolios del azúcar de la Corona. Llego la hora de actuar y que me demuestres que esa mirada de libertad la llevas en la sangre.

Me puse en pie con dificultad, apoyándome en el mosquete del soldado colonial que Jazmín había ejecutado en el patio. Mi contextura corpulenta recortaba el horizonte gris del amanecer. Miré hacia atrás, hacia la silueta lejana de la casona principal de Don Jorge. Sabía que allí dentro, Leticia estaría presa de su humillación, atrapada en su propia inestabilidad emocional tras haber sido encerrada en su calabozo de adobe; y que Sebastián Montenegro estaría movilizando a sus casacas rojas con una furia demente, obsesionado por recuperar la pieza de bronce que le había destrozado el orgullo de estratega. Esta guerra se estaba volviendo peligrosa, las piezas estaban sobre el tablero y mi duda estaba en que tan importante era mi presencia en este juego de estrategia que esa morena había armado a escondida de todos.

La cacería estaba declarada, pero el fango del sur ya no nos pertenecía solo a los esclavos que trabajaban estas tierras. Con el arma al hombro y los ojos fijos en la loba verde esmeralda que caminaba delante de mí guiando mis pasos, comencé el ascenso hacia las cumbres de la libertad salvaje. El precio de mi corona carnal y política iba a cobrarse con el fuego de una guerra absoluta, y esta vez, ni las leyes de los blancos ni el oro del Gobernador serían suficientes para apagar la ceniza ardiente que Jazmín había desatado sobre toda la provincia. Solo esperaba que ese fuego no consumiera mi cuerpo y mi sueño de libertad por fin dejara de ser un sueño. Las fichas estaban sobre la mesa sobreviviría el más fuerte y destino decidiría que bando sería el ganador.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 











 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
























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