Caña y sangre: La emboscada de la traición

 La madera crujía bajo el peso de nuestro deseo prohibido, un sonido rítmico y clandestino que se mezclaba con el eco lejano de la música de la orquesta oficial. En la penumbra del almacén del trapiche viejo, el aire se había vuelto una masa densa, asfixiante, impregnada del aroma rancio de la melaza fermentada y el perfume caro de jazmines que Sebastián había mandado traer para mí desde la capital. Baltasar me sostenía contra el pilar de caoba con una brutalidad posesiva que me arrancaba gemidos ahogados; sus manos callosas, ásperas por el uso constante del machete, se hundían en la seda verde esmeralda de mi vestido, desgarrando mis telas finas con un desprecio absoluto por el lujo de los blancos. Eso era Baltasar y me lo estaba demostrando con creces esta noche.

Mi mente analítica, aquella que nunca se apagaba ni en los momentos de mayor lascivia, registraba cada latido de mi sexo y cada embestida de su descomunal virilidad. Sabía que entregarme al semental de la hacienda en los linderos del sur era una imprudencia que ponía en juego mi corona de Primera Dama, pero la agitación carnal, el deseo urgente de mi sexo latiendo y la crudeza de su tacto eran un afrodisíaco letal que mi cuerpo moreno reclamaba con urgencia. Nos movíamos en un torbellino deseo acumulado y sudor abundante, desafiando las leyes coloniales en el mismísimo barro que me había visto nacer. Me estaba entregando al placer sin reparo, un error que me puede costar mi nueva posición.

Estábamos a punto de alcanzar ese clímax salvaje y destructivo, cuando un resplandor violento, anaranjado y furioso, se filtró a través de las rendijas de las paredes de madera, borrando de golpe la luz trémula de la luna. Ese resplandor repentino rompió la burbuja de lascivia que nos envolvía, llego en el momento menos indicado para bajarme de esa montaña de placer que estaba a punto de hacer erupción.

Un crujido ensordecedor, seguido del olor acre del azufre y la pólvora, rompió el encanto de nuestra lujuria.

—¡Fuego! —gritó una voz áspera desde el exterior. El silbato de los capataces comenzó a sonar con una estridencia neurótica, despertando a los linderos bajos.

Me aparté de Baltasar de un solo tirón, acomodándome mi vestido de seda esmeralda con una rapidez que no parecía humana, mientras la calma fría de mi cerebro volvía a tomar el control del tablero. Baltasar maldijo entre dientes, recogiéndose el pantalón rústico de tela y echando mano al mango de su machete, con los músculos tensos y los ojos oscuros inyectados en una mezcla de insatisfacción y alerta felina ante el peligro inminente que representaba el exterior para nosotros. Debíamos salir para descubrir lo que estaba pasando en el lugar antes que esa tragedia nos alcanzara.

Al empujar la puerta trasera del almacén, la realidad nos golpeó con la fuerza de una ejecución pública. El granero nuevo y los linderos del trapiche viejo estaban siendo devorados por lenguas de fuego que ascendían hacia el cielo de la noche, tiñendo la neblina de un color de sangre y ceniza. Los esclavos corrían de un lado a otro cargando cubos de agua estancada, tropezando en el patio de tierra enlodada, mientras los soldados coloniales de casacas rojas intentaban contener el pánico a culatazos de sus armas. Todo estaba fuera de control en ese momento, el lugar se acababa de convertir en una trampa de muerte.

Pero la verdadera trampa no era el incendio. La verdadera trampa nos esperaba en el centro del patio principal. Ya habíamos caído en ella, solo podíamos ver como se desarrollaba los acontecimientos, esperar era nuestra única salida por el momento.

Rodeados por una docena de guardias armados con mosquetes, Don Sebastián Montenegro y Don Jorge contemplaban el desastre. A un lado, oculta a medias por la penumbra del balcón de hierro forjado, Leticia nos observaba. Su rostro pálido lucía una sonrisa demente, una mueca de triunfo absoluto que delataba su inestabilidad emocional y la madurez psicológica con la que había orquestado este sabotaje. Estaba segura que ella tenía algo que ver em lo que estaba sucediendo. Sus celos obsesivos la habían empujado a quemar las estructuras de su propio padre con tal de hacernos salir de la madriguera, exponiendo nuestra infidelidad carnal ante los ojos del Gobernador. Mi mente pensó en eso ante la mirada acusatoria de esa mujer que estaba dispuesta a lanzarme a la hoguera. Ella lo arriesgo todo por atraparnos, la había subestimado. Después de todo Leticia resulto ser más peligrosa de lo que hubiera pensado.

—¡Allí están! —gritó Leticia, saliendo a la luz de las llamas con un dedo acusador que temblaba por la agitación—. ¡Allí está su joya imperial, Excelencia! ¡La esclava insolente que vistió de seda blanca para burlarse de su corte, revolcándose en el barro con el semental de la propiedad mientras usted firmaba sus decretos reales!

Di un paso al frente, alzando la barbilla, sosteniendo la cabeza con esa soberbia majestuosa que ninguna cadena había logrado romper. Mis pies descalzos tocaron la arena ardiente del patio, y aunque mi vestido esmeralda estaba rasgado y mi piel morena goteaba el sudor del sexo clandestino, miré a Sebastián de frente, midiendo la quiebra emocional del hombre que me había comprado por tres mil piezas de oro. Ella disfrutaba mi caída, pero ni en el peor de mis momentos le daría el orgullo de verme bajar la cabeza ante ellos. Si la muerte me iba a visitar estaba dispuesta a recibirla con los brazos abiertos y no bajaría la cabeza ante mis amos blancos.

El rostro del Gobernador era una estatua de mármol agrietada. Sus ojos grises, usualmente fríos e impenetrables, fijos en las rasgaduras de mi ropa y en la estampa indomable de Baltasar que se mantenía a mi espalda con el machete en alto, delataban una humillación política y una furia demente que no conoció el protocolo de la capital. Sostuvo su bastón de mando con tanta fuerza que sus nudillos suaves se tornaron blancos. El estratega colonial comprendió en ese segundo eterno que la criatura que había intentado moldear en su jaula de oro nunca había dejado de pertenecer al fuego de la rebelión. Decepcionado por el fallo de su creación, dio una orden que era una sentencia.

—Sergio... Don Jorge —la voz de Sebastián sonó baja, suavizada, pero con un frío letal que cortó el rugido de las llamas—. Se ha cometido un delito de alta traición contra la representación de la Corona. No habrá juicio en la capital para los siervos insubordinados.

Don Jorge dio un paso atrás, temblando por la avaricia y el pánico de perder sus contratos presidenciales, mientras Sergio levantaba su látigo de cuero grueso, ansioso por vengar la altivez que yo le había mostrado desde el primer día.

—A la mujer... despójenla de las sedas del palacio y enciérrenla en el calabozo bajo de la casona. Mañana será devuelta al mercado del sur como una res defectuosa —sentenció el Gobernador, dándome la espalda con una lentitud coqueta y cruel que pretendía quebrar mi orgullo de reina—. Y al semental... rompan su espina dorsal en el poste de los castigos ante toda la dotación. Quiero que la ceniza de esta hacienda recuerde el precio de la insolencia.

—¡Inténtalo, blanco bastardo! —rugió Baltasar, dando un paso al frente con su contextura inmensa, levantando el machete dispuesto a desatar una guerra de cimarrones en medio del patio incendiado.

Antes de que pudiera avanzar, tres soldados coloniales lo embistieron por la espalda con las culatas de sus armas, haciéndolo doblar las rodillas sobre la tierra seca. Baltasar peleó como un animal enfurecido, soltando maldiciones roncas y escupiendo sangre mezclada con el hollín, pero la superioridad numérica de la guardia lo arrastró hacia el poste de madera noble.

Cuatro hombres de Sergio me tomaron por los brazos con rudeza callosa. No grité. No supliqué clemencia a los pies de Sebastián. Mientras me arrastraban hacia la penumbra de los pasillos subterráneos de la casona, me giré despacio para mirar a Leticia una última vez. La heredera reía entre las sombras, saboreando el néctar de su venganza carnal, creyendo que el calabozo borraría la intensidad calculadora de mis ojos negros. No estaba dispuesta a rendirme, si salía viva de esta situación me asegurare que pagues esta trampa Leticia y, no pensaba descansar hasta lograrlo.

Pero mi mente ya estaba trabajando a mil revoluciones por minuto en la oscuridad. Leticia había iniciado el incendio para destruir mi posición, pero no entendía que el fuego es el único elemento que puede purificar el barro. Mientras los cerrojos de hierro se cerraban sobre mi cautiverio, el latido caliente de mi sexo y el aroma a jazmines silvestres marchitos me recordaron que un imperio levantado sobre el azúcar y la sangre siempre tiene un cabo suelto. La esclava del sur había perdido su vestido blanco de Primera Dama, pero la loba analítica acababa de encontrar la fisura definitiva en el tablero de los amos. Y esperaría el momento apropiado para mover la pieza que comenzara la caída de ese imperio que deseaba derrumbar. Todos pagarían esta humillación.


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