Caña y sangre: El semental de la hacienda
El sol del mediodía en el sur no tiene piedad; es un verdugo invisible que castiga los cuerpos y quema mi piel hasta dejarla como el cuero viejo. Las interminables extensiones de la plantación de Don Jorge se extendían bajo el cielo azul, donde la brisa apenas refrescaba, mezclada con el olor dulzón de la melaza fermentada y el polvo de la tierra seca. A mi alrededor, el sonido de los machetes cortando los tallos de la caña marcaba un ritmo monótono y maldito. Hombres y mujeres de mi propia sangre, con las espaldas dobladas y los músculos temblando por la fatiga, trabajaban sin derecho a una sombra o a descansar, arrastrando los pies descalzos sobre la arena ardiente que castigaba las piernas. A unos metros, Jacinto se desplomó en el suelo, soltando el machete. El sudor le corría a chorros por el rostro pálido de cansancio, y sus ojos fijos en la nada delataban que su cuerpo ya no podía más. Me acerqué a paso lento, cargando una jarra de agua rústica que guardábamos bajo el único ...