Luna de caza: La tercera noche
La tercera noche llegó como una tormenta que llevaba horas gestándose. Después de la segunda noche, donde ese alfa llamado Kael me había mantenido unida a él durante casi una hora, apenas pude caminar. Mi cuerpo estaba marcado: mordidas visibles en el hombro y el cuello, moretones en las caderas, y entre mis piernas una sensibilidad constante que hacía que cada roce de la tela de mis pantalones fuera una tortura placentera. Su semen se había secado en mis muslos y aún sentía cómo palpitaba mi vagina, vacía y ansiosa al mismo tiempo. Ese hombre lobo había despertado en mi cuerpo un deseo que hasta ese momento era desconocido. Ahora crecía en mi interior como una llama que ardía sin control. Durante todo el día intenté razonar. Recogí datos, revisé mis notas, me repetí una y otra vez que esto era una alucinación causada por alguna planta o esporas del bosque. Pero cada vez que cerraba los ojos veía esos ojos dorados, sentía su gruñido vibrando contra mi espalda y recordaba la forma ...