El profesor: La tentación del conocimiento| Relato erótico
El profesor Diego no puede olvidar el ofrecimiento de Becky y se verá tentado a cruzar la línea
La primera parte en el siguiente link:
A continuación la segunda parte
Las palabras de Becky resonaron en mi mente durante cada hora de una noche interminable. Me giré en la cama del apartamento docente docenas de veces, incapaz de conciliar el sueño mientras la penumbra de la habitación parecía proyectar la misma imagen una y otra vez: sus labios entreabiertos, sus ojos empañados por el placer reprimido y esa mirada de desesperada curiosidad que me había dirigido en los pasillos traseros de la biblioteca. La mezcla de culpabilidad por haber presenciado su intimidad y la inevitable fascinación ante su audaz propuesta me quemaba por dentro. Saber que una alumna en apariencia reservada buscaba descifrar los misterios de su propia sensualidad despertaba en mí un morbo profundo, una tensión que desafiaba directamente mi ética profesional.
Al día siguiente, el sol de la tarde volvía a castigar las paredes del campus universitario con un calor sofocante. Tras finalizar mi última sesión, me dirigí a mi despacho intentando concentrarme en la pila de carpetas pendientes sobre mi escritorio. Sin embargo, al doblar el pasillo de los departamentos, la vi esperándome cerca de la entrada. Vestía con sencillez, pero la postura tensa de sus hombros y la forma en que abrazaba una libreta contra su pecho delataban la tormenta interna que atravesaba. Los alumnos del turno matutino ya se habían retirado hacia sus residencias, dejando el pasillo sumido en un silencio denso.
—Profesor Diego... —habló en un murmullo al notar mi presencia, bajando la mirada un segundo antes de volver a sostener la mía con determinación—. Por favor, solo le pido cinco minutos. Prometo que no le quitaré más tiempo.
Giré la llave en la cerradura, entré al despacho y dejé que ella me siguiera antes de cerrar la puerta tras de nosotros. El espacio olió de inmediato a libros viejos, papel impreso y al sutil aroma floral que desprendía su piel. Becky permaneció de pie cerca de la entrada, jugando torpemente con los bordes de sus borradores de novela corta.
—Becky, lo de ayer fue un grave error de apreciación —comencé a decir, apoyando ambas manos sobre el borde de mi escritorio para marcar distancia—. Entiendo tu frustración artística y tu deseo de comprender la psicología de tus personajes, pero la propuesta que me hiciste rebasa cualquier límite tolerable entre un docente y una estudiante.
—Lo sé, profesor —interrumpió, dando un paso al frente mientras su voz temblaba ligeramente—. Sé que no debí pedírselo así. Pero no dejo de pensar en eso. Necesito entender qué se siente perder el control, cómo se siente la piel cuando alguien te toca con deseo real... para poder plasmarlo en mis textos. Si no lo experimento, mi historia carecerá de vida. Le juro que será nuestro secreto, nadie tiene por qué enterarse jamás.
Sus ojos, grandes y sumisos, brillaban con una mezcla irreprimible de ingenuidad y provocación. La distancia entre los dos se redujo a un par de metros y el aire dentro de la oficina pareció volverse denso, casi irrespirable. La voz de la razón intentaba gritarme que la expulsara de la habitación, pero mi cuerpo respondía a un estímulo completamente distinto. El agotamiento del semestre, la soledad tras mi reciente divorcio y la aplastante carga de deseo reprimido terminaron por demoler mis defensas.
—Esto es una locura imperdonable... —murmuré, aunque mis pies avanzaron de forma involuntaria hacia ella.
—Entonces enséñeme qué es lo apropiado y natural, tal como dijo en la clase —suplicó en un hilo de voz, alzando el rostro hacia mí.
La tentación venció al juicio por completo. Extendí las manos y la tomé por la cintura, tirando de su cuerpo hacia el mío. Becky soltó un ligero ahogo de sorpresa al sentir la firmeza del contacto, pero en lugar de retroceder, sus manos se posaron al instante sobre mis hombros, aferrándose a mi camisa con desesperación. Sin dar espacio a la duda, incliné la cabeza y sellé mis labios con los suyos.
El primer contacto fue eléctrico. Sus labios estaban tibios, suaves y temblorosos. Al principio su respuesta fue torpe, la de alguien que jamás había navegado las corrientes de un beso auténtico, pero rápidamente se dejó guiar. Deslicé mi lengua entre sus labios para profundizar el encuentro, entrelazándola con la suya en un ritmo lento, denso y cargado de una humedad abrasadora. Un gemido débil brotó del fondo de su garganta, resonando entre nuestras bocas mientras sus dedos se enredaban en mi cabello con una fuerza inesperada.
El beso se volvió más voraz con cada segundo. Deslicé una de mis manos desde su cintura hacia la parte posterior de su espalda, presionándola con firmeza contra mi pelvis mientras sentía el calor que desprendía todo su cuerpo. Con la otra mano, busqué el borde inferior de su blusa y me deslicé por debajo de la tela, rozando la piel suave de su abdomen. Un estremecimiento recorrió la columna de Becky al sentir el tacto de mis dedos escalando hacia sus costillas. Se pegó aún más a mí, alzando el mentón para darme un acceso completo a su cuello, donde comencé a depositar besos húmedos y febriles que sacudían todo su ser.
—Diego... ah... —susurró, utilizando mi nombre de pila por primera vez mientras sus caderas realizaban un movimiento torpe pero instintivo contra mí.
Acomodé a Becky sobre la esquina de mi escritorio, desplazando al suelo varios documentos que cayeron en el olvido. La rodeé entre mis piernas, sintiendo el calor que emanaba de su muslo al rozar mi pantalón. Mis dedos llegaron hasta los botones frontales de su blusa, desabrochando los dos primeros para revelar la curva superior de su pecho, contenido por un sujetador sencillo de encaje claro. Rozó con mis yemas la piel de su escote y ella echó la cabeza hacia atrás, dejando escapar un suspiro entrecortado que inundó cada rincón del despacho. Estaba a punto de llevar la mano hacia la cremallera de su falda para guiar la intensidad del momento hacia algo definitivo cuando el sonido metálico del pomo de la puerta rotando quebró la atmósfera.
El pestillo cedió sin previo aviso. La puerta se abrió de golpe, revelando la silueta de una mujer que entró con total familiaridad.
—¡Diego, olvidaste decirme a qué hora salíamos a...! —Carolina se detuvo en seco, cortando la frase a la mitad.
El tiempo pareció congelarse en el interior de la habitación. Carolina se quedó paralizada bajo el marco de la puerta, vestida con un traje de chaqueta entallado que resaltaba cada una de sus curvas, con los ojos abiertos de par en par fijos en la escena. Becky estaba sentada sobre mi escritorio, con la blusa entreabierta, los labios notoriamente hinchados y la respiración agitada. Yo me encontraba a escasos centímetros de ella, con una mano aún posada sobre su muslo y el cabello desordenado.
El silencio que siguió fue denso, casi asfixiante. Becky tardó unos segundos en reaccionar; con un gesto cargado de pánico y vergüenza, se puso de pie de un salto, abotonándose la blusa con manos temblorosas mientras bajaba la mirada al suelo, incapaz de sostener la visión de Carolina ni la mía.
—Disculpe... disculpen... —balbuceó la joven con la voz completamente rota por la humillación.
Tomó su libreta del suelo a toda prisa y salió corriendo por el pasillo sin mirar atrás, dejando tras de sí el eco apresurado de sus pasos sobre el piso de madera.
Carolina no se movió de la entrada hasta que el sonido de los pasos de Becky desapareció por completo. En su rostro, la sorpresa inicial se transformó con rapidez en una mueca de incredulidad y molestia, teñida por un destello innegable de rabia. Avanzó hacia el interior del despacho y cerró la puerta de golpe tras de sí, girando el seguro con un chasquido seco.
—¿Te volviste completamente loco, Diego? —reclamó cruzándose de brazos, con la mirada ardiendo en una mezcla de enojo y celos indisimulables—. ¿Una estudiante de primer año? ¿En tu propio despacho y a plena luz del día? ¿Acaso perdiste la cabeza o es que el cansancio te arruinó el juicio?
—Carolina, no es lo que estás pensando... —intenté justificarme, pasando una mano por mi rostro mientras trataba de recuperar la respiración y recomponer el orden de mi escritorio.
—¡Sé perfectamente lo que vi! —me cortó, alzando la voz antes de dar tres pasos firmes en mi dirección—. Vi a tu alumna medio desvestida sobre tu mesa y a ti dispuesto a cruzar una línea de la que no hay retorno. Es una falta de respeto profesional grotesca, es arriesgar tu carrera universitaria por una chiquilla inexperta que ni siquiera sabe lo que quiere. Es patético, Diego.
Su tono era incisivo, pero a medida que cortaba la distancia entre los dos, la rabia en sus ojos comenzó a entrelazarse con una energía mucho más oscura y provocativa. Carolina se detuvo a escasos centímetros de mí. Podía oler su perfume costoso, una fragancia intensa a jazmín y maderas que eclipsó por completo el aroma juvenil que Becky había dejado en la habitación.
—Aunque... viéndote así, tan desesperado, me pregunto cuánto tiempo llevas acumulando toda esa tensión —agregó en un murmullo bajo y rasposo, inclinando la cabeza mientras sus ojos recorrían mi torso y mi rostro—. Si estabas tan necesitado de fuego y acción, no tenías ninguna necesidad de andar buscando a una principiante que se asusta con el primer roce.
—Carolina, por favor... —murmuré, pero las palabras se me atoraron en la garganta al sentir el calor que desprendía su presencia.
—Tienes a una mujer de verdad justo enfrente de ti —dijo con una sonrisa calculadora y llena de malicia—. Alguien que sabe exactamente lo que quiere y cómo pedirlo. Alguien que te conoce desde que éramos unos muchachos.
Sin darme el menor margen para reaccionar, Carolina llevó ambas manos hacia mi nuca, atrapando mi cuello con fuerza y tirando de mí hacia abajo. Selló sus labios contra los míos en un beso agresivo, hambriento y dominante. A diferencia de la torpeza dubitativa de Becky, la boca de Carolina se movía con un dominio absoluto, devorándome con una maestría que hizo tambalear mi equilibrio. Su lengua buscó la mía con exigencia, demandando una respuesta inmediata que no pude negar.
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