La escritora: La decisión finalRelato erótico

 Natalia tiene que tomar una decisión y ver con cual de los 3 hombres que etsan en su vida se queda, pero ella ya decidió y ssta muy segura, mira su decisión a continuación.

La pantalla del ordenador emitía un resplandor azul en la penumbra del estudio. El sonido de los dedos de Natalia contra el teclado era rápido, fluido y rítmico, como la lluvia constante que golpeaba los cristales de la ventana. Durante tres días y tres noches con sus respectivas madrugadas, la escritora apenas durmió unas pocas horas consecutivas. La parálisis creativa que la había atormentado semanas atrás se había disipado por completo, sustituida por una lucidez casi febril. Ella aprovechaba esa inspiración que tenia por eso no quería perder ni una sola oportunidad de escribir.

En las páginas de su manuscrito, los hilos de su propia vida se entrelazaban con una maestría violenta. La devoción nostálgica y reconfortante de Javier le dio forma a la búsqueda de la inocencia perdida; la tensión territorial y prohibida de Mateo aportó el peligro terrenal del deseo cotidiano; y la arrogancia impredecible de Lucas le otorgó a la obra esa chispa oscura y adictiva que la mantenía al borde del abismo. Esa historia tenia todos los ingredientes que ella se buscaba y le estaba dando forma, de una manera que le estaba fascinando.

Los tres hombres habían actuado como piezas de un catalizador. Sin embargo, al escribir las últimas líneas del capítulo veinticuatro, Natalia comprendió una verdad fundamental: ninguno de ellos era el dueño de la narrativa. Ellos habían sido las herramientas que su propia mente necesitaba para despertar a la verdadera protagonista.

Con el pulso firme, Natalia presionó la tecla final. El cursor dejó de parpadear. Guardó el archivo titulado La Escritora y envió el borrador completo al correo de su editora. Un largo suspiro de alivio se le escapó del pecho, sintiendo cómo el peso de la incertidumbre se evaporaba de sus hombros. Ella estaba segura que esta historia era muy diferente a las otras que ella había escrito, esta historia tenía mucho potencial, ella estaba segura de eso.

El lunes por la tarde llegó con un cielo despejado tras la tormenta. Natalia se quitó la férula del tobillo, comprobando que la molestia era apenas un recuerdo lejano. Se vistió con un vestido sencillo pero elegante de color esmeralda, se arregló el cabello y esperó en la sala de su departamento. La hora de las decisiones reales había llegado. Era la hora de confrontar a cada uno de esos hombres, ella lo sabía, su decisión era clara, solo tenia que hablar con cada uno de ellos para decirle el camino que tomaría de ahora en adelante.

A las seis en punto, sonó el timbre. El primero había llegado. La hora de la verdad había llegado.

Natalia abrió la puerta. Javier estaba allí, impecable como siempre, sosteniendo un pequeño estuche de regalo y dedicándole la misma sonrisa dulce que la acompañaba desde la secundaria. Casi no había cambiado nada desde secundaria

—Buenas noches, Nati. ¿Lista para nuestra cena? —preguntó él con calidez.

—Pasa un momento, Javier. Necesitamos hablar antes de ir a cualquier lugar —contestó ella con voz suave pero decidida.

Javier entró a la sala, percibiendo de inmediato que la atmósfera no era la de una cita romántica. Natalia lo invitó a tomar asiento en el sofá, pero ella se mantuvo de pie a una distancia prudente.

—Javier, te agradezco con el alma todo lo que hiciste por mí estos días —comenzó ella, mirándolo a los ojos con absoluta honestidad—. Eres un hombre maravilloso, atento y sincero. Pero tú estás enamorado de la muchacha que leía cuentos en la biblioteca del colegio. Y la mujer que está frente a ti ya no es esa persona. Cambié, he vivido cosas que no encajan con la vida tranquila que me ofreces, y no sería justa contigo si aceptara algo que no puedo corresponder. Por eso sentía que debía decírtelo.

Javier la escuchó en silencio. La sombra de la decepción cruzó su rostro, pero la nobleza que lo caracterizaba prevaleció. Se puso de pie, asintió despacio y le tomó la mano por última vez.

—Aprecio que seas honesta conmigo, Nati —dijo él en un murmullo sincero—. Solo quería asegurarme de que estuvieras bien. Siempre voy a desearte lo mejor, como escritor y como persona.

Se despidieron con un abrazo cálido y maduro. Javier salió del departamento, dejando tras de sí el cierre definitivo de un capítulo que llevaba diez años pendiente.

A penas diez minutos después, Natalia escuchó pasos firmes en el pasillo y unos toques secos en la madera de su puerta. No hizo falta preguntar quién era. Al abrir, Mateo estaba en el umbral, con la chaqueta de cuero puesta y una mirada cargada de expectación. También era fácil adivinar quien estaba tocando la puerta.

—Vi salir a tu amigo —dijo Mateo sin rodeos, dando un paso hacia el frente—. Supongo que eso significa que las cosas están claras entre ustedes.

—Están muy claras —respondió Natalia, interponiéndose sutilmente en la entrada para no dejarlo pasar—. Y también deben quedar claras entre nosotros, Mateo.

El vecino frunció el ceño, notando el tono distante de ella.

—¿De qué hablas? Lo que pasó en tu estudio...

—Lo que pasó fue maravilloso, intenso y exactamente lo que necesitaba en ese momento —lo interrumpió ella con serenidad—. Pero no voy a construir una relación a escondidas en el pasillo, ni a dejarme llevar por un juego de celos cotidianos. Fuiste una chispa increíble, Mateo, pero no quiero que seamos más que los vecinos que se saludan con un secreto compartido en el ascensor.

Mateo la observó detenidamente, buscando cualquier rastro de duda en su rostro. Al no encontrar nada, soltó una risa corta e incrédula, entre sorprendido y resignado. Ella no tenía dudas

—Realmente eres impredecible, escritora.

—Solo estoy tomando el control de mi vida —sonrió ella. Mateo asintió con una mueca de respeto cómplice, le dedicó un guiño ligero y regresó a su departamento al final del corredor.

Esa misma noche, a las diez, Natalia llegó al bar del hotel boutique.

Lucas la esperaba en la mesa del rincón, luciendo la misma aura misteriosa de la primera noche. Al verla entrar caminando por su propio pie, sin bastón y con el vestido esmeralda, sus ojos grises se iluminaron con una chispa de fascinación.

—La escritora ha vuelto —dijo él, sirviendo una copa de vino rojo cuando ella se sentó a su lado—. Supongo que terminaste el libro.

—El libro está en manos de la editorial —respondió Natalia, tomando la copa—. Y ha sido un éxito antes de publicarse.

Lucas se inclinó hacia ella, acariciando la mesa con las yemas de los dedos.

—¿Y qué viene ahora para nosotros? ¿Una nueva prueba? ¿Otra suite?

Natalia le sostuvo la mirada, rozando la comisura de sus labios con una sonrisa llena de poder.

—Ahora viene lo que yo decida, Lucas. Ya no soy tu musa, ni la de nadie. Tú pusiste el juego, pero yo escribí las reglas. Si queremos volver a encontrarnos, será bajo mis condiciones y solo cuando a mí me apetezca.

Lucas se quedó congelado un segundo antes de soltar una carcajada baja y profunda, fascinado por la transformación absoluta de la mujer que tenía enfrente. Levantó su vaso de whisky en forma de brindis. Celebraba la gran transformación que tenía ante sus ojos, ella había cambiado tanto.

—A tus condiciones entonces, escritora.

Natalia brindó con él y le dio un sorbo a su copa. Observó a través del cristal la penumbra del lugar, sintiendo una libertad absoluta que jamás había experimentado. Había navegado por la ternura, el deseo prohibido y el peligro salvaje, y al final de la jornada, la única dueña de su historia era ella misma.






 




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