Caperucita roja: El bosque prohibido
La aldea de Verden siempre olía a madera quemada y tenía un aire muy religioso, para Elena, el rojo de su capa no era un color de protección, sino una marca de fertilidad que los hombres del pueblo vigilaban con recelo, aquella mañana, el aire de verano era un bálsamo a su espíritu, y el sendero que se adentraba en el bosque de pinos negros parecía exhalar un aire espeso que invitaba a perderse en un mundo diferente, existían muchos rumores de ese bosque en su aldea, que lo rondaba un lobo que era la perdición de las jovencitas de la edad de Elena, 18 años, por eso muchos aldeanos tenían estrictamente prohibido usar el camino que pasaba los límites del bosque, en especial caminar en solitario, pero Elena siempre tuvo la tentación de por lo menos una vez en su vida romper las reglas, así que un día ignorando todas las advertencias tomo ese camino a solas para visitar a su abuelita. Al cruzar el límite del bosque, Elena experimentó una vibración en el bajo vientre. sabía que él estaba allí, era una sensación extraña, casi prohibida, cuando finalmente enfrentó al Lobo, no encontró a una bestia, sino a un hombre de estatura imponente y ojos muy magnéticos y seductores, él no se movió, pero su presencia no pasaba inadvertida, como si le robara el propio aire que respiraba Elena, ella pudo sentir como el rojo de su capa que antes era su refugio, la convertía en un blanco para ese hombre.
—¿Te han dicho alguna vez, que el rojo es el color de los que tienen hambre? — su voz era fuerte y seductora.
—En este bosque, nada brilla o destaca lo suficiente, a menos que quieras ser encontrado o devorado.
El dio un paso, entrando en la pequeña distancia que la separaba a los dos, Elena intento retroceder, pero sus pies estaban clavados en la tierra húmeda, un poco fascinada por el aura amenazante de ese hombre.
—He venido a traerle comida a mi abuela, me llamo Elena—Logro decir Elena, aunque su voz sonó más una invitación que una defensa ante la cercanía de ese extraño.
El lobo soltó una fuerte carcajada, risa cargada de un cierto magnetismo oscuro, él se acercó tanto que Elena puso sentir el calor de su aliento cerca de su cara, el lobo levanto su mano, con una calma que parecía una tortura, sus dedos rozaron el borde de la capucha de Elena, bajando por la suave tela de seda hasta que sus nudillos acariciaron la línea de la mandíbula de la chica, el toque era rudo, ella sentía esas manos callosas, pero que el leve contacto le producía chispas de fuego bajo la piel.
—Mientes Elena—Susurro él, inclinándose hasta que sus labios rozaron el lóbulo de la oreja de Elena, ella cerro los ojos estremeciéndose al sentir ese aliento cálido del extraño en su piel.
—No has venido, ha llevar el pan o el vino, has venido porque tu aldea te parece aburrida, la monotonía te está matando, quieres sentir emociones, sensaciones que no has experimentado, posiblemente buscando una mirada que no te pida perdón por desearte, él bajo la mano hacia el broche de plata que sujetaba la capa a la garganta de Elena, no lo desabrocho, pero presiono ligeramente obligando a Elena a inclinar su cabeza hacia atrás, exponiendo la piel blanca de su cuello.
—Puedo sentir su pulso, Elena, pareces una cierva acorralada, pero no siento miedo, es impaciencia, estas cansada de ser esa chica buena que todos los de tu aldea esperan que seas, que camina por el sendero marcado por los de tu pueblo, por eso tenías esa curiosidad se sentir lo que se sentía salirse de ese camino establecido, de dejar que la hierba arañe piel y que el peligro te haga experimentar sensaciones que nunca has vivido.
Elena abrió sus ojos y se topó con esos ojos que parecían leer su mente, la seducción no está en las manos de ese hombre, sino en la verdad brutal de esas palabras, él la estaba desnudando psicológicamente antes de tocar un solo milímetro de su piel
—¿Y si me salgo del camino? —Elena lo miro desafiándolo, mientras su respiración se volvía más rápida y entrecortada.
El lobo sonrió, en esa sonrisa ella vio una promesa de pecado, ella sintió como los dedos del extraño descendían por su brazo, dejando un rastro de calor a medida que avanzaba por su piel, calor que erizaba a su paso.
—Si te sales del camino, descubrirás que el lobo no es el monstruo de los cuentos—él atrapo su mano y la llevo a su propio pecho, obligándola a sentir el latido poderoso de su corazón bajo su piel—. Pronto descubrirás que el monstruo es el único que puede darte la libertad que tu pueblo te niega.
Él se alejó un paso, rompiendo ese contacto físico que tenían, dejando en Elena un vacío que empezaba ser insoportable.
—Hagamos que esta cacería sea interesante, pequeña intrusa—dijo él, con sus ojos casi brillando con una luz salvaje—. Te daré una ventaja, corre hacia la cabaña abandonada que queda cerca de la de tu abuela, si logras que las paredes de madera te protejan antes que yo te reclame, te dejare ir, pero si llego primero.
El lobo hizo una pausa, su mirada descendió lentamente por el cuerpo de Elena, su mirada era tan posesiva que logro estremecerla.
—Entonces borrare de tu memoria el nombre de cada hombre que alguna vez te miro con timidez, serás mía bajo las leyes de este bosque que no conoce el pecado.
Elena le sostuvo la mirada al lobo, sintiendo como el desafío de él actuaba como un estímulo fuerte en su sangre, no había rastro de la joven sumisa en su mirada, sus ojos eran chispas que rivalizaban con los del lobo.
—No corras demasiado lento lobo—. Respondió ella con una voz cargada de una audacia casi peligrosa—. No me gustaría llegar a esa cabaña y descubrir que el monstruo es incapaz de seguirle el ritmo a una simple chica de la aldea.
Él soltó una carcajada fuerte, un sonido que pareció alertar los pájaros del bosque, él le arrebato el broche de plata, dejando que la capucha cayera hacia atrás, liberando su cabello oscuro al viento.
—Esa es la lengua que quiero sentir contra la mía—grito él. ¡Corre!
Elena no lo pensó más, se dio la vuelta corriendo hacia la maleza del bosque, no siguió el camino marcado, se internó en la espesura, donde la vegetación era más abundante, sus pulmones estaban al límite, casi ardían, pero era una sensación placentera, sentía el roce de las hojas en sus muslos, la brisa fría golpeando su rostro, y sobre toda esas sensaciones, la certeza que él estaba allí, podía sentirlo, el ruido al romperse de una rama cerca a su izquierda, el alzar vuelo de un búho a su derecha, él no estaba corriendo detrás de ella, estaba cazándola, rodeándola, saboreando ese momento.
Cada vez que ella creía estar sola, una sombra cruzaba entre los troncos a una velocidad inhumana, recordándole el trato, su deseo crecía con cada paso, Elena deseaba ser atrapada, pero no se iba a dejar ganar, ella quería que él la superara, pero eso iba a dar su mejor esfuerzo, porque quería que la captura fuera total. Cuando vio la cabaña ante sus ojos, sus fuerzas le faltaban, pero su excitación estaba en su punto más alto, ella subió las escaleras de madera, empujo la puerta y entro, girándose de inmediato para poner el cerrojo, pero sus dedos nunca tocaron el picaporte, una mano grande y cálida se cerró sobre la suya, inmovilizándola contra la madera de la puerta, el lobo estaba allí, había entrado por la puerta trasera o quizás, simplemente esa cabaña le pertenecía tanto que las paredes no eran obstáculos para él.
El lobo la pego contra la puerta, usando su cuerpo para atraparla, Elena empezó a jadear, su pecho bajaba y subía debido a su respiración agitada, rozando el torso de ese hombre con cada respiración.
—Has perdido, Elena—susurro él contra su cuello, inhalando su aroma a sudor, adrenalina y deseo que se desprendía del cuerpo de la chica. —Has ganado—logro decir ella, echando la cabeza hacia atrás para ofrecerle su cuello al lobo.
Él no perdió tiempo con palabras, sus labios reclamaron los de Elena, un beso intenso que la dejo sin aliento, fue un beso posesivo que la invitaba a una libertad prohibida, las manos del lobo bajaron con urgencia, levantando la falda de su vestido, acariciando la piel caliente de sus muslos, tomándolo con firmeza en sus nalgas, ella se aferró a sus hombros, clavándole levemente las uñas al sentir su dureza mientras él la pegaba contra su cuerpo excitado. En ese rincón olvidado del mundo, bajo la mirada de un bosque que no conoce la moral de los hombres, Elena estaba dejando de ser la chica de la capa roja, ella estaba a punto de entregarse a un placer tan salvaje y absoluto, el lobo le aflojo las tiras del vestido dejándolo caer al piso, los pechos juveniles de Elena aparecieron ante sus ojos, ella desvió su mirada levemente con aire de vergüenza, estaba casi desnuda ante la mirada de ese hombre, solo cubierta por la ultima prenda de su ropa interior.
—Lo estoy viendo todo, y definitivamente me encanta—le susurro al oído mientras se acercaba por su espalda.
Sus manos ásperas acariciaron los pechos de Elena, que suspiro al sentir el contacto de esas manos, él la acariciaba con masajes circulares ambos pechos y una de sus manos le apretaba uno de los pezones, esas manos rodeaban completamente el pecho de la chica.
—Tu piel se siente tan suave en mis manos, es una delicia para mi tacto.
El lobo le beso el cuello mientras con sus dedos comenzó a apretar los pezones de Elena y halarlos levemente, ella suspiraba mientras sentía sus caricias, esos besos en el cuello de ella hacían crecer las ganas que ella ya tenía, empezó a suspirar más fuerte, su cuerpo estaba respondiendo fuertemente a ese tacto áspero, él la dominaba y eso le encantaba.
—Es hora que me demuestres que tan dispuesta estas a pagarme el reto. Se desabrocho su pantalón y libero su pene de sus ropas, Elena se sobresaltó al ver ese pene erguido apuntándola.
—Asegúrate de estar preparada para demostrarme que serás completamente mía—le dijo con esa mirada que se la devoraba completa.
—¿Preparada? —pregunto con curiosidad Elena.
—Asegúrate de mojarla bien con tu boca, si no te va a dolor cuando seas mía.
Elena obedeció, se agacho y empezó a lamerla tímidamente, recorría su pene desde la base hasta la cabeza, para luego meterla dentro de sus labios con más firmeza, él le acariciaba su cabello mientras ella metía su pene en su boca con más confianza, llevando el lobo a excitarse mucho más cuando ella comenzó a succionar con intensidad.
—Detente, ahora me toca a mí.
El lobo la llevo a la cama levantando fácilmente, depositándola sobre el colchón que había en esa cabaña, la madera crujió bajo el peso de los cuerpos, él se colocó encima dominándola con su cuerpo, sus ojos la volvían a devorar, pero no con una prisa de un hombre hambriento, si no de un depredador que ha cazado a su presa y ahora se dispone a saborearla lentamente.
—Ya no hay huida, Elena—con su voz fuerte y dominante—. Serás mía.
Sus labios volvieron a unirse, no con la ferocidad inicial, sino comuna lentitud embriagante, un beso que lo sintió en cada fibra de su ser, bajando a su cuello, donde avivaban su deseo, sintió el roce de sus dientes en la piel de su cuelo como una amenaza juguetona, su boca siguió jugando a sus pechos, ella arqueo su espalda al sentir esa boca caliente en sus pechos, esa lengua juguetona en sus pezones, las manos del lobo recorrieron sus muslos, una exploración calculada, subiendo por los muslos, hasta llegar a la piel caliente de su vagina, ese contraste de esas manos ásperas y la suavidad de su piel contrastaban creando una tortura deliciosa para ella, esos dedos expertos habían encontrado en esa cueva del deseo, un blanco de sus caricias, Elena empezó a gemir de manera incontrolable, su cuerpo comenzaba a convulsionar bajo el cuerpo del lobo.
—Eres más que fuego, Elena—susurro él y el sonido de su voz hizo vibrar su entrepierna—. Eres la tormenta que precede al diluvio.
El lobo se despojó de sus ropas, revelando su musculatura, sus cicatrices que mostraban signos de su vida salvaje, otra vez se colocó encima, Elena sintió el roce de su piel contra la suya, ya no había pudor, solo quedaba la aceptación de lo que estaba de suceder, él se acomodó entre sus piernas, su pene presiono su entrada, una promesa de placer que le hizo abrir sus piernas entregándose completamente a los deseos de esa bestia salvaje, él la penetro sin delicadezas, fue una invasión, la unió de dos personas bajo la ley del bosque, él la penetro con una furia controlada, un ritmo que la lastimo al principio, pero que poco a poco se acostumbraba a su dureza, Elena apretó instintivamente sus piernas a la cintura del lobo, incitándolo más a penetrarla con dureza.
Los gemidos de ella se mezclaban con los gruñidos del hombre, creando una mezcla de sonidos primitivos que se expandían por toda la cabaña, el placer se intensifico, desbordándose en el momento de más intensidad, no fue una sensación suave, fue una ola inmensa que se derramo mostrando su gran intensidad, ella se ahogó en ese placer y renació al mismo tiempo, ella clavo sus uñas en la espalda del lobo, dejando marcas que él las consideraba como trofeos, en la cumbre del placer Elena sintió como su alma se disolvía con la de él, en un grito ahogado que el bosque pareció ocultar. El silencio que siguió a esa tormenta de deseo fue completa, solo se escuchaba el ruido de los animales del bosque, acompañado de dos cuerpos entrelazados sobre esa cama, la oscuridad de la cabaña ya no era tan amenazante, era un refugio para Elena y una cura para la mujer que acababa de nacer, el lobo estaba a su lado, Elena paso sus dedos sobre las marcas de sus uñas en los hombros del hombre, miro sus manos notando que se sentía diferente, algo había cambiado.
—Ya no puedes volver atrás, Elena—susurro el lobo sin abrir los ojos, con una voz que demostraba posesión y sabiduría—. El bosque ya no es algo que cruzas, es algo que llevas dentro.
—No tengo intención de volver como la misma que salió este día de su aldea— respondió ella, y su propia voz le sonó diferente, más confiada, cargada de una seguridad que nunca había poseído.
Decidió seguir su camino hacia la casa de abuela, los músculos de su cuerpo estaban adoloridos, pero era un dolor dulce y placentero, visito a su abuelita y de regreso a su aldea recogió su capa roja del suelo, estaba sucia, despojada de su brillo virginal, pero Elena la coloco sobre sus hombros con un gesto de soberanía, esa capa no era una señal para que los cazadores la encontraran, ahora se había convertido en el estandarte de una reina que conocía la oscuridad de su propio corazón. Llego a su aldea, los hombres de Verden terminaban sus tareas diarias, con sus miradas limitadas y sus vidas ordenadas, Elena no bajo la cabeza, los miro de frente, con esos ojos que ahora guardaban un secreto, los aldeanos se apartaron a su paso, intuyendo, sin comprender porque la joven traía un instinto y una libertad que ellos jamás se atreverían a imaginar. Caperucita roja ya no temía al lobo, porque ahora, bajo la capa roja, ella también tenía colmillos.
ESTE ES UNO DE LOS 3 RELATOS DENTRO DE MI ANTOLOGÍA DE SOMBRAS Y DESEOS, DONDE INCLUYO UNO DE LA BELLA DURMIENTE Y RUMPELSTILTSKIN
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