Luna de caza
—¡Marta estas loca! Ir a ese bosque es un peligro de muerte—le regaño Ricardo
Marta era una bióloga especializada en lobos, que quería ir al bosque de Blackpine, un bosque muy popular por la presencia de hombre lobos, Ricardo era su mano derecha se encargaba de administrar los recursos que ella había heredado de su familia.
—Consígueme un guía y dos hombres que me apoyen con mis cosas—Ella tomo un cigarrillo y lo encendió—. Ese bosque es una oportunidad única, no puedo ser una especialista en lobos sin haber visto antes a un hombre lobo.
—No me hare responsable por lo que te pasé, le hice una promesa a tu padre de cuidarte de tus locuras.
—Es mi pasión, compréndeme—Ella dio un sorbo a su cigarrillo. —. Ese bosque tiene manadas únicas de hombres lobos, se que son peligrosos, pero se cuidarme.
—Dame una semana, conseguiré lo que buscas, pero no te arriesgues más de lo necesario.
Ricardo termino cediendo, tendría que hacer uso de sus contactos para conseguir al mejor guía de Blackpine. Luego de esa semana, todo fue de acuerdo a los deseos de Marta, le consiguió un guía y dos acompañantes, ambos residentes de áreas cercanas al bosque de Blackpine.
Marta se encontraba en el bosque de Blackpine, un lugar antiguo, denso y peligroso. Era un lugar infestado de manadas de hombres lobos lo que favorecía mucho a su investigación, ella llevaba acampada en una zona remota de las montañas para estudiar una manada particularmente esquiva. Esa manada era conocida por tener uno de los alfas más temidos del bosque de Blackpine, su nombre era Kael, un antiguo hombre lobo famoso por ser sanguinario y despiadado. Esa noche, la luna llena brillaba como una moneda de plata perfecta en el cielo negro que era muy característico de ese gran bosque.
Lo que ella no esperaba es que la estuvieran observando. Todo empezó esa noche con un aullido lejano que hizo que se le erizara la piel. Su guía y acompañante fueron a revisar unos ruidos cercanos a su campamento. Después de una hora no habían regresado. Luego ella sintió unos ojos vigilándola. No eran ojos normales. Eran dorados, brillantes, y pertenecían a algo mucho más grande que un lobo común. Su piel se erizo ante esa mirada tan imponente y dominante de esa bestia que la observaba, pero a pesar de su miedo se atrevió a moverse.
Cuando salió de su tienda con la linterna, lo vio. Era enorme. Un lobo negro como la noche, con pelaje que parecía absorber la luz de la luna. Se acercó sin miedo, moviéndose con una gracia letal. Antes de que ella pudiera reaccionar, una niebla espesa se levantó a su alrededor. Cuando se disipó, frente a Marta ya no había un lobo… sino un hombre.
Alto, musculoso, completamente desnudo. Su piel bronceada brillaba bajo la luz plateada. El cabello negro le caía desordenado hasta los hombros. Tenía una mandíbula fuerte, labios carnosos y unos ojos dorados que le atravesaban el alma. Cicatrices antiguas marcaban su torso poderoso. Como una señal de innumerables batallas por dominar ese bosque. Era devastadoramente hermoso y terriblemente peligroso.
—Has estado invadiendo mi territorio, pequeña humana. Acaso pensaste que soy un conejillo de indias —dijo con una voz grave y ronca, como un gruñido envuelto en terciopelo.
Marta dio un paso atrás, pero su espalda chocó contra un árbol. Él se acercó hasta que su cuerpo casi tocaba el de ella. Él olía a bosque salvaje, a pino, a tierra húmeda y a algo más oscuro, a deseo animal.
—Mi nombre es Kael —murmuró, inclinándose para oler su cuello—. Alfa de la manada de Blackpine. Y tú… hueles a hembra fértil y a curiosidad peligrosa.
Su corazón latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo. Intento hablar, pero solo salió un susurro:
—¿Qué quieres de mí?
Kael sonrió, mostrando dientes demasiado afilados. Una mano grande y callosa subió por su costado, por encima de la chaqueta ligera que llevaba.
—Esta noche es luna llena. La magia de la manada está en su punto más alto. —Sus dedos rozaron la curva de su pecho—. Y tú acabas de ser marcada, me pertenecerás esta noche.
Antes de que pudiera protestar, la levantó como si no pesara nada y me llevó hasta un claro iluminado por la luna. la tumbó sobre un lecho de musgo suave y pieles que no estaban allí un segundo antes. Con movimientos precisos y animales, le quitó la chaqueta y la camiseta, dejándome solo con el sujetador deportivo.
—No voy a poseerte todavía —gruñó contra mi oído, su aliento caliente—. Primero voy a hacer que tu cuerpo entienda a quién pertenece ahora.
Le quitó las botas y los pantalones con una facilidad aterradora. Marta se quedó solo en panty, temblando bajo su mirada depredadora. Kael se arrodilló entre sus piernas abiertas y pasó las manos por sus muslos, separándolos más.
—Tan suave… tan delicada —ronroneó—. Pero tu vagina ya está mojándose para mí. Lo puedo oler como tu cuerpo se calienta con mi presencia.
Rozó con dos dedos el centro de su panty. La tela estaba empapada. Marta gimió avergonzada. Él se rio, un sonido leve y satisfecho, y apartó la tela a un lado. Su dedo grueso recorrió los labios vaginales de arriba abajo, recogiendo mi humedad, y luego presionó suavemente sobre el clítoris hinchado.
Marta arqueo la espalda con un jadeo.
Kael empezó a acariciarla con lentitud tortuosa: círculos perfectos, presión variable, nunca suficiente. Cada vez que sentía que el placer crecía demasiado, reducía la velocidad o apartaba la mano, dejándome frustrada y temblando. Marta se sentía avergonzada. Traicionada por su cuerpo que estaba disfrutando las caricias de ese hombre maldito.
—Kael… por favor… —suplico, con la voz rota.
—Todavía no, cachorra —gruñó—. Quiero que me supliques como la hembra en celo que eres. Te hare suplicar porque te haga mia.
Se inclinó y sopló aire caliente directamente sobre su clítoris. Luego, sin aviso, su lengua caliente y áspera la lamió desde la entrada hasta arriba en una larga pasada. Ella grito. Sus manos la sujetaron las caderas con fuerza mientras la devoraba: lamía, chupaba, mordía suavemente sus labios hinchados y succionaba su clítoris con una precisión brutal. El lobo era experto en darle placer. De tenerla gimiendo por sus caricias. Ella estaba a punto de correrse cuando se apartó por completo. La miró a los ojos mientras se llevaba los dedos brillantes a la boca y los lamía lentamente.
—Deliciosa —dijo con voz ronca—. Pero todavía no tienes permiso de terminar.
Le dio la vuelta y la puso a cuatro patas sobre las pieles. Ella sintió el cuerpo grande de Kael cubriéndola por detrás. Su pene, grueso, largo y ardiente, se frotó contra su vagina empapada sin entrar. Arriba y abajo, torturándola con la promesa de lo que vendría. Del placer que le causaría ese miembro excitado que ahora se rozaba contra su sexo mojado.
—Dime que me deseas —exigió, su voz convertida casi en un gruñido animal—. Dime que quieres que el alfa te reclame y pertenecerle completamente en cuerpo y en alma.
—Kael… por favor… te deseo… penétrame…
Con un rugido gutural empujó dentro de ella de un solo golpe profundo. Marta grito de placer. Estaba tan llena, tan estirada. Su pene era enorme y palpitaba dentro de ella. Empezó a penetrarla con embestidas fuertes y profundas, sus caderas golpeando contra su trasero, una mano en su cabello tirando de la cabeza de Marta hacia atrás y la otra sujetándole la i cadera con fuerza posesiva. Eran tan violento y apasionado, la hacia suya de una manera tan salvaje, que ella no esperaba menos de un hombre lobo.
Cada embestida la hacía ver estrellas. Llevándola a experimentar miles de sensaciones que comenzaban en su sexo. El sonido húmedo y obsceno de su vagina chorreando llenada por ese enorme miembro. Kael se inclinó sobre ella y mordió suavemente su hombro, no lo suficiente para romper la piel, pero sí para marcarla como él le había dicho al principio.
—Córrete para mí —ordenó finalmente, acelerando el ritmo salvaje—. Córrete en el miembro de tu alfa.
El orgasmo la atravesó como una ola violenta. Su vagina se contrajo con fuerza alrededor de él, chorros de mi corrida empapando sus muslos. Kael gruñó su nombre y se hundió hasta el fondo de su sexo, corriéndose dentro de ella con chorros calientes y abundantes que la llenaron por completo.
Se quedó dentro mientras los últimos espasmos los recorrían. Luego se giró y la abrazó contra su pecho sudoroso, su mano le acariciaba la espalda con una ternura sorprendente.
—Esta fue solo la primera noche —murmuró contra mi pelo, su voz todavía ronca—. La luna llena dura tres noches más. Cada una será más intensa. Cada noche te voy a reclamar más profundo, hasta que tu cuerpo solo responda a mí… hasta que no puedas imaginar una vida fuera de mi manada.
Marta cerró los ojos, exhausta, marcada y completamente llena de él.
El bosque ya no parecía tan peligroso.
Ahora era su jaula… y su nuevo hogar.
Comentarios
Publicar un comentario