El profesor: Lecciones de seducción| Relato erótico

 El profesor se encuentra atrapado entre dos amores, uno prohibido por su ética y el otro un romance del pasado, que camino tomara en este dilema.

Instintivamente, mis manos buscaron su cintura, sintiendo la firmeza de sus caderas bajo la tela de su falda entallada. Carolina soltó un gemido bajo contra mi boca, apretando su cuerpo contra el mío sin dejar un solo milímetro de separación. Una de sus manos bajó rápidamente por mi pecho, desabrochando con destreza los botones superiores de mi camisa mientras la otra se deslizaba hacia la hebilla de mi cinturón, haciendo presión con una audacia calculada que me dejó la mente completamente en blanco.

La adrenalina del peligro, la culpa reciente por lo sucedido con Becky y el magnetismo arrollador de mi primer amor de la adolescencia se fusionaron en un choque térmico devastador. Carolina me empujó levemente hacia atrás hasta que mi espalda impactó contra la pared lateral del despacho. Se pegó a mi cuerpo, alzando una de sus piernas para envolver mi muslo con la suya, mostrándome la piel descubierta por la apertura de su falda. Era una situación de alta tensión donde nos habíamos dejar por el deseo y la situación del momento.

—Demuéstrame si de verdad eres el hombre maduro que presumes ser, Diego —susurró sobre mis labios, rozando su barbilla contra la mía mientras sus dedos continuaban jugando con el borde de mi pantalón—. ¿O vas a dejar que una mocosa y tu cobardía te arruinen la tarde?

El juego se había vuelto peligrosamente complejo. Atrapado en medio de la ingenuidad manipuladora y sedienta de experiencia de Becky, y la seducción experimentada, celosa y dominante de Carolina, me encontraba en el centro exacto de un triángulo abrasador donde la moral del campus estaba a punto de quedar reducida a cenizas.

Las consecuencias del incidente en mi despacho me persiguieron durante las 24 horas siguientes como una sombra pesada. La tensión en mi cuerpo era tan evidente que incluso durante la lectura de los avances literarios del turno de la mañana, me costaba mantener el hilo de las correcciones. Mi mente se debatía sin descanso entre el recuerdo del beso torpe y apasionado de Becky sobre mi escritorio y la embestida madura, exigente y territorial de Carolina contra la pared de la oficina. Aquella tarde, Carolina había dejado una marca clara de su poder sobre mí antes de marcharse con una sonrisa triunfante, asegurándose de que entendiera que no pensaba ceder un solo centímetro de terreno frente a una estudiante.

Sin embargo, el verdadero problema no era solo Carolina. La presencia de Becky en el aula esa misma mañana había sido un tormento silencioso. Se había sentado en la última fila, con la mirada clavada en el cuaderno, el rostro encendido cada vez que mis ojos cruzaban los suyos y una postura rígida que delataba la tormenta de emociones que la consumía. Cuando la clase terminó y el salón se vació, esperó pacientemente a que el último de sus compañeros saliera por la puerta.

Se acercó a mi mesa con pasos cortos, abrazando su carpeta contra el pecho. Ya no parecía la muchacha tímida del primer día; había algo en su mirada que revelaba que la experiencia de la tarde anterior había despertado en ella una obsesión difícil de frenar.

—Profesor... necesito que hablemos sobre lo que pasó —dijo en voz baja, asegurándose de que el pasillo estuviera despejado—. No he podido dormir. Siento que... que me dejó a la mitad de algo importante.

—Becky, lo que ocurrió fue un exceso que no debe repetirse jamás —respondí de inmediato, manteniendo la voz firme mientras ordenaba los papeles sobre la mesa—. Carolina tenía razón en enfadarse. Puse en riesgo mi puesto y tu reputación. Debemos mantener una relación estrictamente académica. De lo contrario los dos nos meteremos en problemas, pero la mayor parte de ese problema me alcanzara a mí por obvias razones.

—¿Carolina? —repitió ella, y por primera vez detecté un matiz de frialdad y celos en su tono—. ¿La profesora de literatura comparada? Vi cómo lo miraba ayer. Ella no estaba enfadada por mi reputación, profesor. Estaba celosa porque yo estaba aquí con usted. Esa es toda la razón de su enfado.

La agudeza de su observación me tomó con la guardia baja. Becky dio un paso más hacia el escritorio, apoyando ambas manos sobre la madera y reclinándose levemente hacia mí. La luz que entraba por las altas ventanas del aula iluminaba la suavidad de su cuello y el escote de su blusa.

—Usted me dijo que para escribir con verdad debía aprender a sentir —continuó, fijando sus ojos en los míos con una intensidad calculada—. Lo que sentí ayer cuando me besó... cuando me tocó la piel debajo de la blusa... jamás lo había experimentado en mi vida. No puedo simplemente borrarlo y pretender que soy la misma chica ingenua de la semana pasada. Si no me enseña usted, buscaré a alguien más, pero no quiero a nadie más. Lo quiero a usted.

La audacia de sus palabras golpeó mi pecho con la fuerza de un impacto físico. Saber que la inocente estudiante de primer año estaba dispuesta a chantajearme emocionalmente con tal de continuar con sus "lecciones" despertaba en mí un deseo peligroso. La tentación de romper nuevamente las reglas y moldear esa sensualidad emergente era una chispa que amenazaba con devorar mi cordura.

—No digas disparates, Becky —murmuré, intentando sonar severo, aunque mi respiración comenzaba a volverse agitada—. No sabes en lo que te estás metiendo.

—Demuéstremelo —desafió en un susurro, rodeando el escritorio hasta quedar al lado de mi silla—. Enséñeme lo que falta. Le prometo que seré una alumna muy aplicada.

Extendió la mano con lentitud y posó los dedos sobre mi rodilla, desliándolos lentamente hacia arriba por la tela de mi pantalón. El calor de su palma penetró la fibra de la prenda, haciéndome reprimir un gemido. Su toque era suave, cauteloso pero cargado de un deseo inexperto que resultaba infinitamente más estimulante que cualquier seducción calculada. Mi cuerpo respondió de inmediato a su cercanía; tomé su muñeca para detener su avance, pero en lugar de alejarla, la tiré levemente hacia mí, haciendo que tropezara y quedara sentada sobre mi regazo.

Un ahogo de sorpresa se le escapó de los labios cuando sus caderas impactaron contra las mías. Sentir la firmeza de su cuerpo joven ajustándose sobre mi pelvis hizo que cualquier resto de ética profesional se disipara en el aire caliente del aula vacía.

—Eres extremadamente peligrosa, Becky —murmuré cerca de su oído, sintiendo cómo se erizaba la piel de su cuello.

—Solo quiero aprender de usted, profesor —respondió, girando el rostro para buscar mis labios.

Nuestras bocas se unieron de nuevo, esta vez sin el pánico del día anterior, sino con un hambre acumulada que hizo arder la atmósfera. La besé con lentitud, enseñándole a responder al movimiento de mi lengua, guiando la suya para que descubriera el ritmo de un beso profundo y dominante. Becky gimió suavemente contra mi boca, envolviendo mi cuello con sus brazos mientras se acomodaba mejor sobre mi regazo, realizando un movimiento inconsciente de caderas que hizo que el deseo contenido en mi vientre estallara por completo.

Deslicé mis manos por sus muslos, alzando el borde de su falda plisada hasta descubrir la piel tibia de sus piernas. Rozar la curva de sus muslos con mis dedos hizo que la joven se estremeciera, abriendo levemente las piernas para permitirme un acceso más profundo. Mi mano ascendió lentamente hasta rozar la fina tela de su ropa interior, comprobando con fascinación que ya se encontraba completamente húmeda por la expectación del momento.

—Profesor... ah... esto es... —balbuceó Becky, escondiendo el rostro en mi cuello mientras sus dedos se clavaban en mis hombros.

—Dime qué sientes —le ordené en un murmullo posesivo, deslizando un dedo por el borde de su ropa interior—. Si quieres escribir sobre esto, tienes que aprender a nombrar cada sensación.

—Siento... siento que me quemo por dentro —confesó con la voz entrecortada por los suspiros—. Siento una pulsación aquí abajo... que me pide más. Por favor, Diego... no pare.

Escuchar mi nombre de sus labios mientras me suplicaba por más destruyó la última barrera de mi autocontrol. Estaba a punto de apartar la fina tela para explorar su intimidad con los dedos cuando el sonido rotundo de unos taconazos resonó en el pasillo exterior, acercándose a la puerta del aula a un paso acelerado y firme.

Nos congelamos en la posición. Becky abrió los ojos de par en par, llena de pánico, mientras los pasos se detenían justo frente a la puerta abierta del salón.

—Vaya, vaya... parece que las clases particulares de literatura se extienden más de la cuenta —dijo una voz helada y cargada de sarcasmo desde el umbral.

Carolina estaba de pie en la entrada, apoyada contra el marco de la puerta con los brazos cruzados sobre el pecho. Su mirada recorrió la escena con una precisión quirúrgica: Becky sentada sobre mi regazo con la falda subida hasta las caderas, mis manos aún sujetando sus muslos descubiertos y los rostros de ambos encendidos por la pasión reprimida. La sonrisa de Carolina no era de sorpresa, sino de una superioridad burlona y peligrosa que me erizó la piel.



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