El profesor: Fuego en la facultad | Relato erótico

 La situación entre el profesor Diego y Carolinan estallan, ella quiere superar a Becky y le demostrará de lo que es capaz, pero una nueva amenaza se presenta para el profesor Diego.

El crujido de la madera de la mesa evaluadora resonó en la amplitud de la sala de conferencias, un espacio que hasta hacía unos minutos albergaba la sobriedad académica y que ahora se transformaba en el escenario de un choque salvaje. La penumbra del recinto, roto únicamente por un par de focos auxiliares del fondo, envolvía la furia y la pasión desmedida que Carolina había acumulado durante días. Ya no había espacio para los discursos sutiles, los coqueteos sutiles ni las indirectas de pasillo. Ella había tomado una decisión y estaba dispuesta a cumplirla.

Carolina se sentó sobre el borde de la mesa de roble, abriendo las piernas para envolver mi cintura mientras sus manos tiraban de mi camisa con una desesperación que amenazaba con arrancar los botones. Su beso no tenía nada de la ternura o el descubrimiento que había experimentado con Becky; era un reclamo posesivo, un castigo cargado de celos donde su lengua buscaba la mía con una violencia hambrienta, exigiendo mi rendición absoluta. Su lengua ganaba la batalla en intensidad, de eso no había duda, ella lo estaba demostrando con creces.

—Dime que soy yo... —susurró entre besos ardientes, jadeando contra mi boca mientras sus uñas se clavaban en mis hombros—. Dime que ninguna mocosa puede hacerte sentir esto...

No respondí con palabras. La adrenalina de la confrontación reciente, la tensión acumulada durante la evaluación y el peligro constante de que algún guardia de seguridad o docente de turno apareciera por el pasillo encendieron en mí un impulso primario. La tomé por la nuca con una mano y deslicé la otra con firmeza por debajo de su falda entallada, subiéndola a lo largo de sus muslos hasta dejar al descubierto la lencería de encaje oscuro que llevaba. Esa vista me excitaba demasiado, no podía controlar mis instintos, de repente solo me deje llevar por mi deseo. 

Carolina soltó un gemido agudo que retumbó contra las paredes de madera cuando la toqué directamente. Estaba ardiendo, completamente húmeda por la mezcla de rabia y excitación que la consumía desde que había escuchado a Becky desafiarla frente al comité. Se echó hacia atrás sobre la mesa, desordenando los documentos y carpetas que el decano había dejado olvidados, alzando el mentón mientras su pecho subía y bajaba a un ritmo acelerado. Las caricias de mis dedos sobre su entrada la excitaron bastante, note como mojaba mis dedos con cada caricia, como su sexo desprendía un calor que amenazaba con incendiar la piel de mis dedos, la penetre con ellos para llevarla un punto más alto de esa calentura que desprendía su cuerpo.

—Hazlo, Diego... —rogó con la voz rota, mirándome con los ojos entrecerrados y las pupilas dilatadas por el deseo—. Demuéstrame de quién eres...

Aparté la fina tela de su ropa interior y me posicioné entre sus piernas. Al sentir la presión firme de mi virilidad buscando paso, Carolina arqueó la espalda con violencia y se aferró al borde del mueble. Me adentré en ella de un solo impulso, profundo y rotundo, haciendo que un grito ahogado brotara de su garganta, un sonido que tuvo que sofocar mordiéndose el labio inferior para no alertar a nadie en el exterior. Ahora podía sentir ese calor que sintieron mis dedos directamente sobre mi miembro. Nos miramos a los ojos por segundos antes que comenzara esa lucha de deseo, me empecé a mover lento al principio, disfrutando del placer que me ofrecía su interior.

El ritmo que impuse fue acelerado, dominante y sin concesiones. Carolina respondió envolviendo mi espalda con sus piernas, apretándome contra su cuerpo con una fuerza sorprendente y marcando cada embestida con espasmos de puro éxtasis. La fricción de nuestras pieles, el choque continuo de las caderas contra la mesa y el sonido de nuestras respiraciones agitadas llenaron la estancia de una atmósfera casi irreal. Era una batalla de egos y atracción añeja donde cada estocada buscaba borrar el recuerdo de cualquier otra mujer. Eso se notaba en cada movimiento, era una lucha de placer, ella me estaba haciendo disfrutar tanto placer, por eso le ofrecía mi lado más salvaje y ella ese impulso que la motivaba a no ser superada por Becky.

—¡Dios, Diego... eres un demonio! —maldijo en un susurro motivado por el deseo, clavando sus uñas en mi nuca mientras aceleraba el movimiento de sus caderas para ir al encuentro de mis embestidas—. ¡Más... más duro, maldita sea!

Subí mis manos por su torso, desabrochando los botones superiores de su blusa de seda para liberar sus pechos maduros y firmes, aprisionados en un sujetador negro. Me incliné sobre ella, devorando uno de sus pezones con la boca mientras aceleraba el ritmo hacia un clímax devastador. Carolina sacudió la cabeza a ambos lados, atrapada en una tormenta de sensaciones que la dejó sin aliento, mi boca no dejaba descansar sus pechos mientras no paraba de penetrarla, en ese punto ya estaba dominado por la lujuria, succionaba sus pechos con una intensidad y mi lengua castigaba la punta de sus pezones con movimientos circulares, sentía como mi placer se intensificaba, por eso no paraba de moverme hasta que su cuerpo se contrajo en una serie de espasmos intensos y prolongados que la hicieron gemir mi nombre en un murmullo agónico.

Sentir su estrechez apretándome durante su orgasmo detonó mi propio límite. Me aferré a sus caderas con firmeza y me entregué a una descarga profunda y definitiva, derramándome en su interior mientras ella ocultaba el rostro en mi cuello, respirando agitadamente contra mi piel sudorosa. Mis propias pulsaciones también estaban elevadas, mis sentidos agudizados por la intensidad de mi orgasmo, ella era fuego, como un volcán haciendo erupción y me lo había demostrado con creces.

Nos quedamos en silencio durante un largo par de minutos, unidos sobre la mesa de la sala de conferencias, escuchando únicamente el tictac distante del reloj de pared y el pulso desbocado en nuestros oídos. Carolina bajó lentamente las piernas, rodeándome el cuello con los brazos con una dulzura inesperada que contrastaba con la violencia de los minutos anteriores.

—Eres mío, Diego —murmuró cerca de mi oído, besándome la mejilla con lentitud—. Aunque intentes buscar refugio en la juventud de esa niña... siempre vas a volver a mí. Por eso no dudes de mis palabras.

Me levante despacio, arreglándome la ropa mientras ella se incorporaba sobre la mesa para abotonarse la blusa y acomodarse la falda con la compostura de siempre, aunque sus ojos mantenían un brillo triunfante que no intentaba ocultar. Había logrado su objetivo, su mirada lo demostraba, me preocupaba que esa competencia me afectara de alguna manera.

—Esto no resuelve nada, Carolina —dije en voz baja, pasando una mano por mi rostro para recuperar el aliento—. Lo que pasó aquí es una locura tan grande como lo de la oficina.

—Esto lo resuelve todo —corrigió ella, poniéndose de pie sobre sus tacones y dedicándome una sonrisa calculadora—. Ahora sé que no has perdido el juicio del todo. Y si esa chica vuelve a intentar marcar terreno, sabré exactamente cómo responderle. Por eso te aseguro que no perderé ante ella.

Salimos de la sala de conferencias con un intervalo de cinco minutos para no levantar sospechas. El aire fresco de la noche en el campus me ayudó a despejar la mente, pero la paz duró muy poco. Al llegar a mi apartamento en la residencia universitaria, encontré un sobre blanco deslizado por debajo de la puerta. Un mal presentimiento me rodeo por un momento, era extraño recibir un sobre y más a esta hora, cuando me lo pudieron entregar personalmente.

Lo recogí con un mal presagio. Dentro no había un trabajo académico ni una nota borrosa. Había una fotografía impresa en papel mate, tomada desde un ángulo bajo y discreto a través de la ventana de mi apartamento el viernes por la noche. En la imagen se distinguía claramente la silueta de Becky desvestida sobre mi cama, abrazada a mi cuerpo en la penumbra de la habitación. Un nuevo problema se asomaba en mi futuro y definitivamente este problema se me escapaba de las manos.

Al reverso de la fotografía, una línea escrita con una letra elegante y minuciosa decía:

"El realismo de la historia es fascinante, profesor. Sería una lástima que el decanato o la profesora Carolina tuvieran que evaluar este capítulo sin su consentimiento. Nos vemos mañana en el archivo histórico a las tres de la tarde. Venga solo."

El juego de seducción y celos había dado un giro sombrío. Alguien más en el campus nos estaba observando, y la red de mentiras, deseo y chantaje amenazaba con destruirme por completo.


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