Acceso Restringido parte 2: Relato corto de romance oscuro

 Este relato corto de romance oscuro continúa la historia de “Acceso Restringido”, donde la tensión, el misterio y las decisiones peligrosas empiezan a intensificarse.

Su boca reclamaba la mía con una urgencia que contrastaba con el control que aún mantenía sobre su cuerpo. Mis manos temblorosas se deslizaron por su espalda, sintiendo la tela suave y cara de su chaqueta bajo mis dedos, mientras mi piel desnuda ardía contra la suya, contra su ropa. El contraste era enloquecedor: yo completamente expuesta, vulnerable, cada curva de mi cuerpo presionada contra la dureza de su torso y la tela áspera de sus pantalones. Él me depositó con cuidado sobre el sofá negro, pero no se apartó ni un centímetro. Su peso me aprisionaba de la forma más deliciosa posible, sus rodillas separando mis piernas para acomodarse entre ellas.

—Quédate quieta —murmuró contra mis labios, y su voz era un gruñido bajo que vibró directamente en mi pecho—. Quiero mirarte un poco más.

Se incorporó ligeramente, apoyando una mano a cada lado de mi cabeza, y sus ojos oscuros recorrieron mi cuerpo desnudo como si estuviera memorizando cada detalle. Mis pezones, ya duros y sensibles por el roce constante de su chaqueta, se tensaron aún más bajo su mirada. Sentí mi calentura derramándose entre mis muslos, y apreté instintivamente las piernas alrededor de sus caderas, pero él las separó de nuevo con una mano firme en mi rodilla.

—No —dijo, y esa única palabra fue suficiente para que me quedara inmóvil—. Ábrete para mí. Quiero verte toda.

Obedecí, temblando, separando más las piernas hasta que quedé completamente abierta para él. El aire fresco de la habitación rozó mi sexo empapado y expuesto, y un gemido vergonzoso escapó de mi garganta. Él sonrió, esa sonrisa peligrosa y satisfecha que había visto antes, y bajó una mano lentamente por mi vientre. Sus dedos rozaron apenas mis labios vaginales, una caricia ligera que me hizo arquear la espalda y soltar un jadeo ahogado.

—Tan sensible… —susurró, y su pulgar comenzó a trazar círculos lentos, precisos, torturantes—. Y todo esto es mío ahora.

Mi respiración se volvió agitada. Cada roce enviaba descargas de placer directamente a mi vientre, pero él no aceleraba. Mantuvo ese ritmo agonizante, observando mi rostro, estudiando cómo mi cuerpo se retorcía bajo sus dedos. Intenté mover las caderas para buscar más presión, pero su otra mano me sujetó la cintura con fuerza, inmovilizándome contra el sofá.

—Paciencia —ordenó—. Quiero que sientas cada segundo. Quiero que me supliques antes de darte lo que quieres.

—Por favor… —susurré, y mi voz sonó rota, desesperada—. Por favor, tócame más.

Él soltó una risa discreta y oscura, inclinándose para capturar uno de mis pezones entre sus labios. Su lengua caliente lo rodeó, succionó con fuerza mientras sus dedos seguían torturándome abajo, jugando con mi entrada para luego retirarse, manteniéndome al borde sin dejarme caer. El placer se acumulaba en oleadas cada vez más intensas, pero él lo controlaba todo. Cada vez que sentía que estaba a punto de correrme, detenía el movimiento exacto, dejándome temblando y frustrada, con lágrimas de deseo acumulándose en mis ojos.

—Dime qué quieres —exigió contra mi pecho, mordiendo suavemente mi piel antes de subir de nuevo hasta mi boca—. Usa palabras. Quiero oírte decirlo.

—Quiero… quiero tu boca en mi vagina —admití, ruborizándome hasta las orejas—. Quiero que me lamas… por favor.

Sus ojos brillaron con triunfo. Sin decir nada más, se deslizó hacia abajo por mi cuerpo, besando cada centímetro de piel a su paso: el valle entre mis pechos, mi vientre tembloroso, la curva de mis caderas. Cuando llegó entre mis piernas, separó más mis muslos con las manos y sopló suavemente sobre mi sexo húmedo. El contraste del aire frío me hizo estremecer entera.

—Tan hermosa —murmuró, y entonces su boca descendió sobre mí.

El primer lametazo fue lento, pausado, desde la entrada hasta mi clítoris. Grité, mis manos volando a su cabello, aferrándome a él como si fuera lo único que me mantenía en la tierra. Su lengua era experta, implacable: lamía, succionaba, rodeaba mi punto más sensible con movimientos precisos que me hacían ver estrellas. Introdujo dos dedos dentro de mí, curvándolos para frotar ese punto interno que me volvía loca, mientras su boca no dejaba de devorarme. El sonido húmedo y obsceno de su lengua contra mi sexo llenaba la habitación, mezclado con mis gemidos cada vez más altos.

Estaba tan cerca. Tan cerca.

Pero justo cuando el orgasmo comenzaba a construirse como una ola gigantesca, él se detuvo. Se apartó, dejando un beso suave en el interior de mi muslo, y me miró con esa expresión de control absoluto.

—Aún no —dijo simplemente.

Solté un sollozo de frustración, mi cuerpo temblando por la negación. Él se incorporó sobre sus rodillas, mirándome desde arriba mientras comenzaba a quitarse la chaqueta con deliberada lentitud. La dejó caer al suelo. Luego desabotonó su camisa negra, botón por botón, revelando centímetro a centímetro su torso perfecto: piel dorada, músculos definidos por años de baile y entrenamiento, abdominales marcados que se tensaban con cada movimiento. Era el cuerpo de un ídolo, pero en ese momento era el de un hombre que sabía exactamente el poder que tenía sobre mí.

Se quitó la camisa completamente y la arrojó a un lado. Sus manos bajaron al cinturón. El sonido del cuero deslizándose fue casi tan erótico como sus caricias. Bajó el zipper y se deshizo de los pantalones y su boxer con la misma calma controlada. Su erección quedó libre, gruesa, dura y palpitante, apuntando hacia mí. Era grande, más de lo que había imaginado, y un nuevo calor se acumuló entre mis piernas al verlo.

Se colocó de nuevo entre mis piernas, pero esta vez piel contra piel. El contacto de su cuerpo caliente y desnudo contra el mío fue abrumador. Su erección presionaba contra mi entrada, rozándome sin entrar todavía, mientras sus manos sujetaban mis muñecas por encima de mi cabeza.

—Mírame —ordenó.

Lo hice. Sus ojos eran puro fuego negro.

—Vas a sentir cada centímetro cuando entre en ti —prometió—. Y vas a correrte cuando yo te lo permita.

Le dije si con mi cabeza, incapaz de hablar. Él empujó lentamente, solo la cabeza de su pene entrando en mí. Estaba tan mojada que resbaló con facilidad, pero él se detuvo allí, torturándome con la promesa.

—Más —supliqué.

Entró otro centímetro. Luego otro. Lentamente, centímetro a centímetro, hasta que estuvo completamente enterrado dentro de mí. Sentirlo era casi doloroso de tan lleno que me sentía. Gemí fuerte, arqueándome contra él, mis uñas clavándose en sus hombros.

—Estas… tan apretada —gruñó contra mi cuello, y comenzó a moverse.

Al principio fueron embestidas lentas y profundas, saliendo casi por completo antes de volver a hundirse hasta el fondo. Cada vez que entraba del todo, su pelvis rozaba mi clítoris y yo veía estrellas. Mis piernas se envolvieron alrededor de su cintura, atrayéndolo más profundo. El sofá crujía bajo nosotros, el sonido de piel contra piel llenando el silencio de la habitación.

Aceleró el ritmo. Sus embestidas se volvieron más fuertes, más rápidas, más salvajes. Me penetraba con una intensidad que me hacía gritar su nombre —aunque en realidad no lo conocía, solo sabía que era él, mi ídolo, el hombre que ahora me poseía por completo—. Una de sus manos bajó a mi clítoris, frotándolo en círculos rápidos mientras seguía penetrándome sin piedad.

—Córrete —ordenó finalmente—. Córrete para mí ahora.

El orgasmo me atravesó como un rayo. Mi cuerpo se convulsionó violentamente alrededor de él, mi vagina apretándolo con espasmos fuertes, ordeñándolo mientras olas de placer me recorrían desde la cabeza hasta los pies. Grité, temblando, las lágrimas corriendo por mis mejillas de lo intenso que fue.

Pero él no se detuvo. Siguió penetrándome a través de mi orgasmo, prolongándolo, sacando cada gota de placer de mí. Luego me giró con facilidad, poniéndome a cuatro patas sobre el sofá. Mis manos se aferraron al respaldo mientras él volvía a entrar en mí desde atrás, más profundo, más brutal. Sus manos agarraron mis caderas con fuerza, sus dedos dejando marcas que sabía que vería mañana. Cada embestida hacía que mis pechos se balancearan, y el sonido húmedo y obsceno de su polla entrando y saliendo de mí era ensordecedor.

—Otra vez —gruñó, inclinándose sobre mi espalda para morder mi hombro—. Quiero sentirte correrte otra vez alrededor de mi pene.

Su mano bajó entre mis piernas, frotando mi clítoris hinchado mientras seguía penetrándome sin descanso. El segundo orgasmo llegó más rápido, más fuerte. Me corrí gritando, mi cuerpo colapsando contra el sofá mientras él seguía moviéndose dentro de mí.

Solo entonces se permitió perder el control. Sus embestidas se volvieron erráticas, más profundas, más salvajes. Me sujetó el cabello con una mano, tirando suavemente para arquearme más contra él.

—Voy a correrme dentro de ti —advirtió con voz ronca—. ¿Quieres eso?

—Sí… por favor… lléname —supliqué, completamente rendida.

Con un gruñido gutural, se hundió hasta el fondo una última vez y se corrió. Sentí el calor de su semen inundándome, chorros espesos y calientes llenándome por completo mientras su pene palpitaba dentro de mí. Siguió moviéndose lentamente, vaciándose hasta la última gota, mezclando nuestros fluidos.

Nos quedamos así un momento, jadeando, su cuerpo cubriendo el mío. Luego se retiró con cuidado y me giró para que quedara boca arriba. Me atrajo contra su pecho, besando mi frente, mis mejillas, mis labios con una ternura sorprendente después de la intensidad de lo que acababa de pasar.

—Eres mía esta noche —susurró contra mi piel—. Y apenas estamos empezando.

Pero no me dio tiempo a recuperarme del todo. Sus manos comenzaron a recorrer mi cuerpo de nuevo, despertando sensaciones que pensé que ya habían sido satisfechas. Bajó por mi vientre, separó mis piernas una vez más y deslizó dos dedos dentro de mí, recogiendo la mezcla de nuestros orgasmos.

—Mira cómo estas muy mojada—dijo, mostrándome sus dedos brillantes antes de llevárselos a la boca y lamerlos lentamente—. Deliciosa.

Me besó de nuevo, con mucho deseo. Luego se colocó de rodillas frente al sofá, tirando de mis caderas hasta el borde. Su boca volvió a devorarme, lamiendo y succionando mi clítoris sensible mientras introducía sus dedos otra vez, penetrándome con ellos con movimientos rápidos y profundos. Estaba tan sensible que el placer bordeaba el dolor, pero no quería que parara.

—Otra vez —exigió contra mi sexo—. Córrete en mi boca.

Y lo hice. El tercer orgasmo fue casi doloroso de tan intenso, mi cuerpo convulsionando mientras él bebía cada gota de mi placer.

Cuando por fin me dejó recuperar el aliento, me levantó en brazos y me llevó hacia una puerta que no había notado antes. Al otro lado había una cama king size con sábanas negras de seda. Me depositó en el centro y se subió encima de mí, su cuerpo todavía duro y listo.

—Ahora vamos a hacerlo como debe ser —dijo, separando mis piernas y colocándose entre ellas—. Quiero que sientas cada embestida hasta que no puedas pensar en nada más que en mí.

Entró en mí de un solo empujón profundo. Esta vez no hubo lentitud. Me embistió con fuerza, con posesión, con una necesidad que parecía insaciable. Mis piernas sobre sus hombros, su cuerpo golpeando contra el mío, el sonido de la cama contra la pared marcando el ritmo. Me corrí una cuarta vez, gritando su nombre —o lo que fuera que gritara—, y él me siguió poco después, llenándome de nuevo.

En algún momento, entre besos y caricias, me susurró al oído:

—Nadie va a saber nunca lo que pasó aquí. Este secreto es nuestro.

Y yo, completamente rendida, exhausta y satisfecha como nunca en mi vida, solo pude asentir y atraerlo más cerca.

La noche apenas había comenzado, y yo ya sabía que nunca volvería a ser la misma.

Puedes leer la primera parte en este mismo blog 


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