Acceso restringido

 Fui a la boletería para comprar mi pase VIP, quería estar cerca de mi ídolo. Estaban caros me tomo meses ahorrar el dinero suficiente para comprarme uno. Cuando la vendedora me lo entrego lo mire como si tuviera el objeto más valioso de toda mi vida. De repente una chica elegante me choco por la espalda. Mi pase escapo de las manos al igual que el de ella.

—¡Imbécil! Tenías que detenerte y hacer caer mi pase especial—me dio un leve empujón y tomo uno de los pases.

Estaba segura que era una chica rica. De esas que te miran con desprecio. Tome el pase restante, pero al mirarlo era muy diferente al que compre, sus bordes eran dorados y tenían un símbolo diferente al de mi ídolo. Mi pecho se apretó ligeramente. ¡Esa estúpida! Pensé, como pudo llevarse el pase equivocado. Espere con la esperanza que ella regresara al darse cuenta del error, peo no volvió.

Tenia un acceso que no debía tener. Y aun así lo use. El lugar era demasiado silencioso para ser un evento, tenia un pasillo largo con una puerta al final de color negro. No tenía ninguna señal, pensé en retirarme pero quería ver a mi ido lo y ese deseo me obligo a quedarme. Empujé la puerta y lo vi, de espalda ajustándose la chaqueta. Como si desconociera que muchas fans de Kpop lo esperaban para su concierto

—Llegaste—dijo sin darse la vuelta.

Mi pulso se acelero apenas escuche su voz.

—Creo que este es un error, yo no.

—No—me interrumpió—Nadie llega aquí por error.

Me quede sin palabras. El silencio se volvió incomodo, muy pesado. Finalmente se giro y por segundos olvide como respirar, No porque era mi ídolo, si no por su mirada, era tan intensa como abrumadora.

—Ese pase que tienes en la mano no es para fans—Se acerco lentamente hacia mi—. Es para quienes saben lo que están haciendo.

Trague saliva, mis manos temblaban.

—Yo no sabía—mi voz estaba cortada.

—Entonces explícame porque entraste.

No me respondió. Sabia la verdad había ido con la esperanza de verlo. No debía ir, pero aun así entre por esa puerta. Se detuvo frente a mí. Estaba lo suficientemente cerca para ver detalles de su rostro que solo había visto en videos.

—Aquí no hay cámaras—dijo en voz baja—. No hay público, ni reglas.

Mi respiración se volvió irregular.

—Puedes irte o decidir quedarte—Sus manos tomaron mi cintura para acercarme a su cuerpo—. Nadie te detiene.

Mire la puerta. Luego a él. Luego otra vez la puerta. Mi cuerpo no se movió.

 Y eso fue suficiente. Sus labios dibujaron una breve sonrisa. No me solté. Él tampoco me aparto. Ese fue mi primer error. Sus manos seguían sobre mi cintura, su apretón era firme.

—Aun puedes irte—me susurro al oído

No era una advertencia. Era una prueba, la puerta estaba tan cerca, pero no me moví.

—No quieres—volvió a decir.

No responde, porque tenía razón. Su pulgar me rozo levemente el labio. Fue un gesto mínimo, pero suficiente para hacer estremecer todo mi cuerpo.

—Mírame.

Lo hice, demasiado rápido. Era como si mi cuerpo hubiera tomado una decisión. Su expresión no cambio, pero su mirada si, se volvió más oscura

—¿Qué esperabas encontrar?

Trague saliva.

—No lo sé—respondí débilmente.

Me llevo contra la pared atrapándome con sus dos manos.

—Eso es interesante, la mayoría entra aquí buscando algo claro— Pude sentir el calor de su aliento en mis mejillas—. Atención, cercanía, Contacto.

Su rostro estaba más cerca.

—Pero tu…

Su mirada bajo un segundo hacia mi cuerpo y volvió de nuevo a mis ojos.

—No viniste por eso, viniste porque querías sentir algo diferente—el aire al mi alrededor se sentía más denso—. Y ahora que lo estas sintiendo, no sabes si detenerlo.

Mi respiración traiciono cualquier intento de negar sus palabras. Porque no me aparte. Porque no rompí la distancia. Porque me quede.

Su mano empezó a subir lentamente por mi brazo. Sin prisa, de manera suave, cada movimiento era intencional. Como si supiera exactamente el efecto que causaba.

—Aquí dentro no tienes que fingir—me susurro al oído y su aliento cálido me erizo toda la piel—. Puedes dejar salir tus más oscuros deseos.

Cuando llegó a mi hombro, sus dedos se detuvieron en la curva de mi cuello. Sentí su pulgar presionando ligeramente justo donde latía mi pulso, rápido, traicionero, delatándome. Cerré los ojos un segundo. Mi cuerpo entero se tensó, pero no de rechazo. De anticipación. Su otra mano bajó por mi espalda, presionándome más contra él hasta que no quedó ni un milímetro de aire entre nosotros. Podía sentir el calor de su pecho, el latido firme de su corazón, y más abajo… la dureza evidente de su deseo contra mi vientre. Un calor líquido se acumuló entre mis piernas, tan repentino y fuerte que me hizo apretar los muslos instintivamente.

—No… no puedo —murmuré, aunque mi voz sonó más como una súplica que como una negación.

Él soltó una risa leve, oscura, que vibró contra mi cuello.

—Tu boca dice una cosa… —sus labios rozaron el lóbulo de mi oreja, apenas un roce, pero bastó para que un gemido ahogado escapara de mí— Pero tu cuerpo ya se está rindiendo.

Su mano libre subió hasta mi rostro. Me tomó la barbilla con firmeza, obligándome a mirarlo. Sus ojos eran puro fuego negro ahora, sin rastro de la sonrisa educada del ídolo. Solo deseo. Un hambre cruda y controlada.

—Dime qué sientes —ordenó en voz baja, casi un gruñido—. Ahora.

Tragué saliva. Mis labios temblaron bajo su pulgar.

—Calor… —admití con mi voz quebrada—. Mucho calor. Y… miedo. Pero no quiero que pares.

La comisura de su boca se curvó en una sonrisa peligrosa. Sin decir nada más, inclinó la cabeza y rozó sus labios contra los míos. No fue un beso. Fue una prueba. Suave. Tentador. Apenas una caricia que me dejó temblando, buscando más. Cuando intenté acercarme, él se apartó apenas un centímetro, manteniendo el control.

—Todavía no —susurró contra mi boca—. Quiero que me lo pidas.

Mi respiración era un desastre. Mis manos, se aferraron a su chaqueta, subieron hasta su nuca. Lo atraje hacia mí sin pensarlo. No se resistió. Sus labios se estrellaron contra los míos con una intensidad contenida que me dejó sin aire. El beso empezó lento, profundo, exploratorio… pero pronto se volvió más exigente. Su lengua invadió mi boca con maestría, saboreándome como si tuviera todo el tiempo del mundo y, al mismo tiempo, como si estuviera a punto de perder el control.

Un gemido escapó de mi garganta y él lo callo. Sus manos bajaron por mis costados, apretándome contra la pared con más fuerza. Una de ellas se coló bajo el borde de mi camiseta, subiendo por mi piel desnuda hasta rozar la curva inferior de mi pecho. El contacto fue eléctrico. Mis pezones se endurecieron al instante bajo la tela del sostén y él lo notó. Su pulgar los rozó por encima de la tela, una, dos veces, hasta que arqueé la espalda buscando más presión.

—Así… —murmuró contra mis labios, sin separarse del todo—. Déjate llevar. Nadie va a saber lo que estás permitiendo que te haga aquí.

Bajó la cabeza y sus labios dejaron un rastro de besos ardientes por mi mandíbula, bajando por mi cuello. Cuando llegó al hueco de mi clavícula, succionó suavemente la piel y yo solté un jadeo ahogado. Mis uñas se clavaron en sus hombros. Sentí cómo su mano libre desabrochaba el primer botón de mi camisa con una facilidad aterradora, abriendo camino para que su boca siguiera descendiendo.

El aire fresco rozó mi piel expuesta y, un segundo después, su lengua caliente trazó la línea de mi escote. Mis rodillas flaquearon. Él me sostuvo con un brazo firme alrededor de mi cintura, pegándome más a su cuerpo mientras su otra mano terminaba de abrir los botones restantes. La tela se abrió completamente. Sus ojos bajaron lentamente por mi cuerpo, devorándome sin tocarme todavía.

—Hermosa —dijo con voz ronca—. Y toda mía esta noche.

Me levantó la barbilla de nuevo para que lo mirara. Sus ojos brillaban con algo primitivo.

—Ahora dime… ¿quieres que siga? ¿Quieres que te toque donde realmente lo necesitas?

Mi voz salió rota, apenas un susurro desesperado:

—Sí… por favor…

Sus labios volvieron a los míos, esta vez con más urgencia, mientras su mano se deslizaba por mi vientre, bajando lentamente hacia el borde de mis pantalones. Sus dedos juguetearon con el botón, sin abrirlo todavía, solo torturándome con la promesa.

El calor entre nosotros era insoportable. Mi cuerpo entero ardía. Y yo ya no quería escapar.

Solo quería que siguiera subiendo esa intensidad… hasta que no quedara nada de mí que no fuera suyo.

Su mano se detuvo un segundo en el botón de mis pantalones, como si estuviera disfrutando de mi anticipación. Sus ojos no se apartaron de los míos ni un instante. La oscuridad de su mirada era absoluta ahora, hambrienta, controlada… y eso me desarmaba más que cualquier caricia.

—Bien —susurró contra mis labios, con esa voz gruesa que parecía vibrar directamente entre mis piernas—. Entonces no te detengas.

Con un movimiento preciso y lento, desabrochó el botón. El sonido del cierre bajando fue casi ensordecedor en el silencio de la habitación. Sus dedos engancharon la cintura de mis pantalones y los deslizó hacia abajo con deliberada lentitud, rozando mis caderas, mis muslos, mis rodillas, hasta que la tela cayó al suelo alrededor de mis tobillos. Salí de ellos sin que me lo pidiera, como si mi cuerpo ya obedeciera antes que mi mente.

Quedé solo con la camisa abierta y la ropa interior. Su mirada bajó por mi cuerpo sin prisa, devorando cada centímetro expuesto. Sentí que me quemaba.

—Más —ordenó en voz baja.

Sus manos volvieron a mi cintura. Deslizó los tirantes de mi sostén por mis hombros con una lentitud que me torturaba, bajándolos uno a uno. Luego desabrochó el cierre en mi espalda. La prenda cayó al suelo sin ruido. Mis pechos quedaron completamente expuestos al aire fresco de la habitación. Mis pezones, ya duros y sensibles, se tensaron aún más bajo su mirada. Él los observó un segundo, como si estuviera memorizando la forma en que mi cuerpo reaccionaba, antes de tomar uno entre sus dedos y pellizcarlo suavemente. Un gemido ronco escapó de mi garganta.

—Perfecta… —murmuró, y se inclinó para capturar el otro pezón con su boca. Su lengua caliente y húmeda lo rodeó, succionó, lo mordió apenas lo suficiente para hacerme arquear la espalda contra la pared. Mis manos se enredaron en su cabello, sosteniéndolo allí mientras olas de placer me recorrían.

Pero no se detuvo. Sus dedos bajaron otra vez por mi vientre, enganchando ahora el borde de mis bragas. Las deslizó hacia abajo con la misma lentitud tortuosa, rozando la piel sensible de mis caderas, bajando por mis muslos hasta que también cayeron al suelo. Quedé completamente desnuda frente a él. Totalmente expuesta. Vulnerable. Y tan excitada que apenas podía respirar.

Él se apartó un paso para mirarme. Sus ojos recorrieron mi cuerpo desnudo de arriba abajo, deteniéndose en mis pechos, en la curva de mi cintura, en el lugar entre mis piernas donde ya estaba húmeda y palpitante. No dijo nada durante varios segundos. Solo me miró. Y ese silencio fue más intenso que cualquier palabra.

—Ahora sí —dijo finalmente, con la voz ronca de deseo—. Ya no hay nada que te proteja de mí.

Se acercó de nuevo. Sus manos grandes y calientes recorrieron mis costados, bajando por mis caderas, apretándome contra su cuerpo todavía completamente vestido. La tela áspera de su chaqueta rozaba mis pezones sensibles, enviando descargas de placer directamente a mi centro. Una de sus manos se deslizó entre mis muslos, separándolos con suavidad. Sus dedos rozaron mi sexo empapado y yo solté un jadeo ahogado, temblando entera.

—Tan mojada… —susurró contra mi cuello, casi con reverencia—. Y todo esto es por mí.

Sus dedos se movieron con precisión, acariciando, explorando, presionando exactamente donde más lo necesitaba. Mis rodillas flaquearon. Me sostuvo con un brazo firme alrededor de la cintura mientras su otra mano seguía torturándome con caricias lentas y profundas. Cada roce me acercaba más al borde.

—Dime —exigió contra mi oído, sin detenerse—. ¿Quieres que te penetre aquí mismo, contra esta pared? ¿O prefieres que te lleve más adentro… y te haga mía de verdad?

Mi voz se quebro, desesperada, completamente rendida:

—Haz lo que quieras… solo… no pares.

Él sonrió contra mi piel, oscuro y victorioso, y me levantó del suelo como si no pesara nada. Mis piernas se enredaron alrededor de su cintura por instinto. Su erección presionaba contra mí, dura y caliente a través de la tela de sus pantalones, mientras me llevaba hacia el fondo de la habitación, donde había un amplio sofá negro que apenas había notado antes.

Me depositó sobre él sin soltarme, cubriendo mi cuerpo desnudo con el suyo todavía vestido. Su boca volvió a la mía en un beso feroz, exigente, mientras sus manos recorrían cada curva de mi piel expuesta, reclamándola.

Ya no había vuelta atrás.

Estaba completamente desnuda, completamente a su merced… y nunca había deseado algo tanto en mi vida.


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