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Caña y sangre: Los tambores de la montaña

 El agua fría del río me ardía en la espalda como si en lugar de corriente de agua limpia bajaran hilos de plomo derretido sobre mi cuerpo lastimado, era un castigo solo intentar moverme bajo esas condiciones. Tendido boca abajo sobre el lecho de piedras, oculto bajo el manto espeso de los sauces llorones, sentía el jadeo ronco de mi propio pecho disputándole cada bocanada de aire a la muerte. La carne de mi espalda corpulenta estaba hecha jirones; las líneas rojas y pegajosas que Sergio me había cruzado con su látigo de cuero grueso se abrían con el roce del agua, tiñendo de un matiz purpúreo las pozas cristalinas del oasis escondido. Sin embargo, el dolor físico no era más que un ladrido sordo comparado con el rugido de furia revolucionaria que me quemaba por dentro. Me habían arrastrado al poste de los castigos como a una res insubordinada, me habían hecho doblar las rodillas ante toda la dotación de esclavos, pero no habían logrado romperme el espinazo de cimarrón. Mi alma segu...

Caña y sangre: El despertar de un monstruo

 El amanecer sobre los cañaverales del sur no trajo la luz de un nuevo día, sino la claridad de un cementerio humeante. Desde el porche de la casona principal, contemplaba las columnas de humo negro que todavía se alzaban hacia el cielo gris, devorando los restos del trapiche viejo y del granero nuevo. El olor a madera quemada, pólvora y melaza carbonizada flotaba en el aire matutino, pegándose a la garganta con la persistencia de una maldición. Sostenía mi bastón de mando con una rigidez impropia de mi rango; la empuñadura de plata, fría y labrada, era el único eje de simetría en medio del desastre colonial que amenazaba con sepultar mi carrera política. Todo esto se había convertido en un desastre. A mi lado, Don Jorge temblaba de pies a cabeza, con el rostro pálido y las ropas cubiertas de ceniza. No lloraba por la pérdida de sus estructuras; lloraba por el pánico que le inspiraba la presencia del Gobernador de la provincia transformado en una estatua de hielo. —Excelencia... yo...

Caña y sangre: El precio de la libertad

 La humedad de los calabozos subterráneos se filtraba a través de las piedras coloniales, enfriando el sudor pegajoso que aún cubría mi piel morena. En la oscuridad absoluta de la celda de castigo de Don Jorge, los gritos de agonía de Baltasar resonaban desde el patio superior, atravesando las vigas de madera y la estructura como golpes de hacha directos a mi cerebro. Cada chasquido seco del látigo de Sergio iba seguido de un rugido ronco, animal, que se apagaba despacio conforme la carne de su espalda corpulenta terminaba deshecha por la crueldad del sistema. Baltasar no suplicaba; rugía de rabia revolucionaria, pero el castigo era implacable. Sebastián Montenegro estaba quebrando al semental indomable de la propiedad, no por una cuestión de orden en la plantación, sino para lavar la humillación de su orgullo aristocrático. Me senté sobre el suelo de tierra enlodada, recogiendo los retazos de seda verde esmeralda que apenas cubrían mis pechos firmes. Mis manos, libres de los anill...

Caña y sangre: La emboscada de la traición

 La madera crujía bajo el peso de nuestro deseo prohibido, un sonido rítmico y clandestino que se mezclaba con el eco lejano de la música de la orquesta oficial. En la penumbra del almacén del trapiche viejo, el aire se había vuelto una masa densa, asfixiante, impregnada del aroma rancio de la melaza fermentada y el perfume caro de jazmines que Sebastián había mandado traer para mí desde la capital. Baltasar me sostenía contra el pilar de caoba con una brutalidad posesiva que me arrancaba gemidos ahogados; sus manos callosas, ásperas por el uso constante del machete, se hundían en la seda verde esmeralda de mi vestido, desgarrando mis telas finas con un desprecio absoluto por el lujo de los blancos. Eso era Baltasar y me lo estaba demostrando con creces esta noche. Mi mente analítica, aquella que nunca se apagaba ni en los momentos de mayor lascivia, registraba cada latido de mi sexo y cada embestida de su descomunal virilidad. Sabía que entregarme al semental de la hacienda en los...

Caña y sangre: El regreso al sur

 El sonido de la caña bajo el machete ya no me sabía a resignación, sino a una cuenta atrás. Los días en el Lindero Este se habían vuelto densos, pesados, como si el mismísimo aire de la plantación presintiera la tormenta de ceniza que se venía fraguando desde la capital. Los capataces andaban más nerviosos que de costumbre, apretando el paso y soltando latigazos al menor descuido, bajo las órdenes directas de un Sergio que no dejaba de vigilar los caminos reales. Pero no eran los capataces los que me mantenían despierto por las noches con el cuerpo tenso y los puños apretados sobre mi cama; era la certeza de que ella volvía. Don Jorge había ordenado levantar una nueva molienda presidencial en la zona del trapiche viejo, una estructura monumental de madera noble y hierro forjado destinada a procesar el azúcar de la Corona. Y para inaugurarla, la comitiva del Gobernador descendería al sur. Jazmín regresaba al fango que la había visto nacer, pero esta vez no lo hacía atada a la parte...

Caña y sangre: La mujer más peligrosa de la provincia

 El regreso desde la capital provincial hacia las tierras del sur había sido un viaje infernal, una tortura silenciosa que me había carcomido las pocas esperanzas que le quedaban a mi mente. Encerrada en el carruaje de mi padre, el sonido de las ruedas contra las piedras del camino real ya no sonaba a opulencia; sonaba a burla, a una carcajada constante que celebraba mi humillación pública. El eco del anuncio del Gobernador en el gran salón de baile seguía retumbando en mis oídos, de forma punzante y destructiva, como un clavo ardiente hundiéndose en mi cerebro: «He decidido tomar por legítima esposa y Primera Dama de la provincia a la mujer que me acompaña: Jazmín». Una espiral neurótica y obsesiva se había apoderado de cada uno de mis pensamientos. No dormía. Pasaba las noches en vela en mi habitación de la casona principal, paseando descalza sobre las maderas que crujían, con las manos entrelazadas sobre mi corpiño desabrochado, temblando bajo el influjo de una inestabilidad emo...