Caña y sangre: Los tambores de la montaña
El agua fría del río me ardía en la espalda como si en lugar de corriente de agua limpia bajaran hilos de plomo derretido sobre mi cuerpo lastimado, era un castigo solo intentar moverme bajo esas condiciones. Tendido boca abajo sobre el lecho de piedras, oculto bajo el manto espeso de los sauces llorones, sentía el jadeo ronco de mi propio pecho disputándole cada bocanada de aire a la muerte. La carne de mi espalda corpulenta estaba hecha jirones; las líneas rojas y pegajosas que Sergio me había cruzado con su látigo de cuero grueso se abrían con el roce del agua, tiñendo de un matiz purpúreo las pozas cristalinas del oasis escondido. Sin embargo, el dolor físico no era más que un ladrido sordo comparado con el rugido de furia revolucionaria que me quemaba por dentro. Me habían arrastrado al poste de los castigos como a una res insubordinada, me habían hecho doblar las rodillas ante toda la dotación de esclavos, pero no habían logrado romperme el espinazo de cimarrón. Mi alma segu...