El profesor: El pacto de tres

 

—El profesor tiene razón, pequeña —susurró Carolina, girando la cabeza para mirar a Becky de hito en hito—. Estás escribiendo sobre algo que todavía no experimentas en su totalidad. Te empeñas en ver esto como un triángulo cuando en realidad es un sistema cerrado.

Becky dio dos pasos hacia nosotros, con los ojos brillando en la penumbra de la sala. La timidez había quedado enterrada en el sótano del archivo histórico.

—Entonces demuéstrenme cómo debe escribirse —desafió la joven, alzando la barbilla con una osadía que aceleró mi pulso de inmediato.

Carolina no dudó ni un segundo. Giró el rostro hacia mí y selló mis labios en un beso profundo, dominante y hambriento, exigiendo una respuesta inmediata mientras sus manos se aferraban con fuerza a mi nuca. Al mismo tiempo, Becky se acercó por el costado, deslizando sus manos por mi cintura y rozando con su pecho mi brazo, participando del encuentro con una avidez desmedida.

La frontera entre la teoría literaria y la realidad se desvaneció en cuestión de segundos. Tomé a Carolina de la cadera para pegarla con más fuerza a mi cuerpo, mientras Becky se mecía a nuestro alrededor como una sombra febril, buscando su espacio, reclamando su parte del control y deshaciéndose poco a poco de sus propias prendas bajo la luz tenue de la lámpara del rincón.

Llevamos el juego hacia la habitación principal, donde la penumbra y el calor de la noche nos envolvieron por completo. Allí, la rivalidad de las dos mujeres se transformó en una danza coordinada de dominación y entrega. Carolina estableció el ritmo con la maestría de su experiencia, guiando los movimientos con autoridad, mientras Becky respondía con una energía desbordada, deseosa de probarse a sí misma y demostrar que su juventud no era un impedimento para satisfacer cada una de las exigencias del momento.

Entre besos cruzados, susurros que desafiaban toda lógica académica y un desborde de pasión clandestina, las horas se consumieron sin que ninguno de nosotros prestara atención al reloj.

El semestre llegó a su recta final bajo el peso implacable del calendario universitario. En la superficie, el departamento de literatura funcionaba con una precisión casi quirúrgica: las actas se llenaban, los pasillos se poblaban de estudiantes ansiosos por las calificaciones y la fachada del campus se mantenía sin cambios. Sin embargo, bajo esa estructura de orden académico, la dinámica secreta entre nosotros tres se había convertido en un motor silencioso que redefinía cada interacción.

La noche previa a la entrega pública de los manuscritos finales, el ambiente en mi apartamento era de una concentración intensa. La mesa del comedor, habitualmente reservada para corregir exámenes y revisar informes, estaba cubierta por las páginas impresas de la novela corta de Becky. Bajo la supervisión constante de Carolina, cada párrafo había sido pulido hasta alcanzar una maestría estilística impresionante. La prosa de la joven ya no solo poseía la frescura y la intrepidez de los primeros borradores, sino también la profundidad, la estructura y el veneno técnico que solo Carolina podía inculcarle.

—El capítulo cuatro está perfecto —comentó Carolina, recostándose sobre el respaldo de su silla con una copa de vino tinto en la mano. Llevaba una blusa de seda azul desabrochada en los dos primeros botones y el cabello ligeramente despeinado por las horas de trabajo—. Lograste transmitir esa sensación de ahogo sensual sin caer en el exceso vulgar. Diego, ¿qué opinas del cierre?

Me acerqué por detrás de la silla de Becky, apoyando una mano sobre su hombro desnudo. Ella vestía únicamente un bata de satén claro que dejaba traslucir las curvas de su espalda. Al sentir mi contacto, la joven inclinó levemente la cabeza hacia atrás, rozando su mejilla contra mi brazo con una ternura cómplice que contrastaba con la intensidad de la situación.

—Es brillante —admití, leyendo los últimos párrafos por encima de su cabeza—. El cambio de perspectiva entre la sumisión inicial del personaje y su posterior toma de control sobre la trama refleja exactamente el proceso que has atravesado este semestre. Mañana, frente al comité de evaluación general, nadie podrá poner en duda la calidad de este texto.

Becky sonrió con una mezcla de orgullo y fascinación, buscando mi mirada antes de girarse hacia Carolina.

—Aprendí de los mejores —dijo con voz suave, aunque cargada de una intención evidente—. Sin las correcciones del profesor y la... disciplina de la profesora Carolina, este borrador no sería más que una fantasía olvidada en un cajón.

—No te des todo el crédito a ti misma, pequeña —se burló Carolina con una leve sonrisa de satisfacción, poniéndose de pie para acercarse a nosotros—. Mañana no solo evaluarás tu capacidad de escribir; evaluarás tu capacidad para actuar. En el auditorio serás únicamente la alumna estrella, Diego será el docente impecable que descubrió tu talento, y yo seré la jueza implacable que certifica tu éxito.

Carolina se detuvo justo a nuestro lado, deslizando una mano por el cuello de Becky para inclinar su rostro y sellar sus labios en un beso breve y dominante, antes de girar la cabeza hacia mí para atrapar mi boca con el mismo ímpetu hambriento de siempre. La transición entre la rigidez académica y la complicidad erótica que compartíamos dentro de esas cuatro paredes se había vuelto algo fluido, natural y profundamente adictivo.

Al día siguiente, el auditorio principal de la universidad lucía completamente lleno para la presentación de los proyectos destacados del año. En la mesa de honor, el decano presidía la sesión acompañado por los profesores titulares del departamento, incluyéndome a mí y a Carolina.

Cuando llamaron a Becky al estrado, la joven caminó hacia el micrófono con una compostura absoluta. Llevaba un traje sastre oscuro de corte impecable, el cabello recogido con elegancia y una carpeta de cuero bajo el brazo. Al mirarla desde la mesa del jurado, costaba trabajo reconocer en ella a la chica tímida que semanas atrás susurraba preguntas torpes sobre el ritmo de un beso en mi escritorio.

—El manuscrito que presento hoy —comenzó Becky, con una voz clara y bien modulada que resonó en los altavoces del recinto— explora las fronteras del conocimiento, el deseo y la pérdida de la inocencia a través de la relación entre una estudiante y sus mentores. Una obra que busca demostrar cómo la teoría literaria cobra vida únicamente cuando el cuerpo se atreve a experimentar la tensión de la realidad.

A lo largo de su lectura, la elocuencia de su texto cautivó al público y al comité por igual. Cada pasaje, cuidadosamente velado bajo metáforas elegantes, encerraba el eco de nuestras noches en el apartamento, de los roces clandestinos en el archivo histórico y de las lecciones dictadas en la penumbra. Carolina escuchaba con los brazos cruzados, apoyando la barbilla sobre la mano con una expresión de aprobación serena que ocultaba perfectamente el fuego de sus secretos.

Cuando Becky concluyó, el auditorio rompió en un aplauso prolongado. El decano se inclinó hacia mí para felicitarme en voz baja.

—Un trabajo formidable, Diego —comentó el viejo académico, ajustándose los lentes—. Hacía años que no veíamos un talento tan refinado en un estudiante de primer año. Tienes un ojo clínico para detectar la brillantez en tus alumnos.

—Es mérito del esfuerzo de la señorita, decano —respondí con una inclinación de cabeza impecable, sosteniendo la mirada triunfante de Becky desde el escenario—. Solo me limité a guiar el ritmo natural de la historia.

La jornada concluyó con un éxito académico arrollador, marcando la consolidación de Becky como la alumna más prometedora de la facultad. Sin embargo, mientras los asistentes abandonaban el auditorio y las felicitaciones se disipaban en el vestíbulo, la sombra del peligro volvió a proyectarse sobre nosotros de la forma más inesperada.

Las semanas posteriores a la presentación pública del proyecto transcurrieron bajo una aparente calma que comenzaba a tornarse incómoda. La novela corta de Becky no solo había obtenido la máxima calificación del departamento, sino que había sido seleccionada por el consejo directivo para representar a la universidad en el certamen nacional de literatura joven. Aquel logro trajo consigo un nivel de exposición mediática e institucional que ninguno de los tres había previsto.

La visibilidad de Becky atrajo la atención de colegas y estudiantes por igual, rompiendo el aislamiento del que habíamos disfrutado durante el desarrollo del semestre. En los pasillos ya no solo se hablaba del talento de la joven, sino de la inusual cercanía que mantenía con el departamento de narrativa.

Una tarde de lluvia intensa, mientras me encontraba en la sala de profesores organizando las actas finales del curso, el profesor Martínez, un veterano docente de lingüística conocido por su afición a los chismes de pasillo y su rigor burocrático, se acercó a mi escritorio con una taza de café en la mano.

—Diego, excelente trabajo con la señorita Becky —comentó, apoyándose contra el borde de la mesa con una sonrisa casual pero inquisidora—. Aunque debo confesar que me sorprende la frecuencia con la que la veo rondar por esta área a deshoras.

Mantuve la calma, alineando las hojas impresas frente a mí sin mostrar la menor alteración en el pulso.

—Es una estudiante sumamente comprometida, Martínez —respondí con tono neutral—. La preparación para la edición del certamen nacional requiere revisiones constantes sobre el texto impreso.

—Por supuesto, por supuesto —asintió Martínez, dando un sorbo a su taza antes de bajar la voz con cierta picardía—. Aunque el otro día la vi salir de la biblioteca a altas horas de la tarde, justo después de que la profesora Carolina bajara del archivo histórico. Tienen un equipo de trabajo muy... integrado, por lo que veo. Incluso hay quienes comentan que la ven ingresar a la residencia docente los fines de semana. Sus palabras tenían ese veneno necesario para alertarme.

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