Entre nudos y piel

 Elsa unca había imaginado que algo tan simple como una cuerda pudiera excitarla,  ella siempre fue curiosa, aunque a pesar de su curiosidad era muy prudente, ella había escuchado hablar del BDSM, de las dinámicas de poder, de que algunas mujeres se excitaban al sentir dolor, pero nunca lo vivió en carne propia,  hasta que vio aquella imagen en redes sociales: una mujer desnuda, suspendida en el aire por nudos simétricos que parecían más arte que perversión, el cuerpo de esa mujer estaba completamente sometido, pero su rostro era puro placer. A partir de ese momento, el algoritmo hizo lo suyo, Elsa empezó a recibir más y más contenido sobre shibari, sobre rope bunnies, sobre rendirse con gracia, su dedo deslizaba por la pantalla, pero su mente ya estaba atrapada en ese tema, una noche de soledad, después de dos copas de vino y muchas preguntas reprimidas, entró a un grupo privado. 

Allí conoció a “K”. un usuario sin foto de perfil tenía escrita una sola una frase: "Someter no es dominar, es guiar."

 Ella le escribió sin pensarlo.  

—No sé qué busco, pero esto me atrae más de lo que debería. 

Él respondió horas después: 

—Entonces ya sabes lo que buscas, solo no te atreves a nombrarlo.

 Esa fue la primera vez que se sintió desnuda con una frase, una sensación que era muy difícil de explicar, pasaron semanas de mensajes, él no la presionaba, le contestaba sus dudas, le hablaba de control, de ritual, de confianza, le decía que las cuerdas no eran castigo, sino un  camino para obtener placer, que al estar atada cada nudo podía ser una caricia, convertirse en una prueba, en una promesa. 

—¿Quieres rendirte? —le preguntó una noche. 

Ella dudó y luego escribió: 

—Sí. 

Él le envió una dirección a la cual ella asistió, era un estudio discreto, con ventanas oscuras y sin nombre en la puerta. Su corazón le palpitaba demasiado, estaba muy nerviosa, Elsa tocó la puerta dos veces, la puerta se abrió sin hacer ruido, por fin vio a K, era alto, de espalda ancha, piel clara, cabello negro, ojos profundos, tranquilos, camisa negra, su presencia inspiraba respeto. 

—Pasa —dijo y ella obedeció. 

El lugar era cálido, con luz tenue y aroma a incienso, en el centro, un colchón grueso sobre una tarima de madera.

 —Quítate la ropa, pero quiero que lo hagas de forma lenta. 

Ella tembló, no solo por sus nervios, sino porque por primera vez se sentía mirada, era como si la mirada de K pudiera ver su verdadera naturaleza, ella se desvistió en silencio, él no la tocó, solo la observaba, cada prenda que caía al suelo era una capa de resistencia que se disolvía, en la mente de Elsa rompía esas barreras que siempre había tenido. 

—Arrodíllate. 

Su voz no era fuerte, era firme y segura, ella obedeció por instinto. Él se acercó y colocó una cuerda sobre su hombro, con la lentitud de quien sostiene algo sagrado, K comenzó a atarla por el pecho, rodeando sus senos, cruzando por la espalda, formando figuras perfectas sobre su piel, ella jadeaba, no por dolor, sino por la tensión, sentía que cada tirón era una orden, que cada nudo la atrapaba en una jaula deliciosa, cuando terminó, ella no podía mover los brazos. su torso estaba enmarcado, sus pezones erectos y sensibles bajo la presión. 

—Estás hermosa así, tan quieta, tan disponible a mis deseos. 

Se acerco a ella, le acarició el rostro, para darle un beso lento, pero profundo, donde se notaba un hambre contenida, ella gimió contra su boca, intentó acercarse, pero las cuerdas limitaban su movimiento 

—No tienes que hacer nada, solo obedecer. 

La recostó sobre el colchón, él separó sus piernas con las manos y la observó.

 —¿Puedo?

 —Sí… por favor —susurró ella. 

Su lengua fue directa, Jugó con su clítoris sin prisa, con una maestría que la hizo arquearse pese a las ataduras, luego metió dos dedos dentro de ella, moviéndose con ritmo preciso para aumentar su calentura, Elsa gritó, no pudo evitar venirse, luego sucesivamente llego otro orgasmo, las cuerdas apretaban más con cada espasmo de su cuerpo. él se desnudó frente a ella, su cuerpo era fuerte, marcado, con un tatuaje en la cadera y una erección que la hizo tragar saliva, se acerco a ella abriéndole las piernas y guio su pene a la entrada de la vagina, la penetró lento, con un solo empujón, permaneció quieto, mirándola. 

—¿Sientes eso? Este es tu lugar, aquí, tan sumisa, tan abierta, tan obediente. 

Entonces K se movió, sus embestidas eran más intensas, más constantes, con cada penetración sus pechos saltaban entre las cuerdas, los sonidos de sus cuerpos llenaban la habitación, K había tomado el control, ella sentía su cuerpo arder en placer, cada vez que sentía su miembro llegando tan profundo en su interior, su respiración estaba muy agitada, sus gemidos eran más fuertes, el roce de su piel contra el colchón le causaba corrientes de placer, eran muchas sensaciones que estaba experimentando, esa acumulación de placer la hizo llorar de placer, de entrega total, él no se detuvo hasta verla completamente rota, desnudando su interior ante sus ojos, hecha nudos por dentro, cuando todo terminó, la desató con cuidado, le besó las marcas que causaron los nudos en la piel.

 —Eres preciosa cuando obedeces —le susurró al oído. 

Ella no respondió, solo cerró los ojos y sonrió, porque por primera vez, sintió que había encontrado lo que no sabía que necesitaba. Pasaron tres semanas sin contacto, se desesperó por no saber de K y justo cuando pensó que había sido solo una experiencia de una noche, le llegó un mensaje de K. 

—Ven mañana, esta vez, no diremos una sola palabra.

 Ella leyó la frase una y otra vez, su corazón latía como si la estuvieran esperando con la puerta entreabierta, Aceptó ir a visitarlo sin dudar, era algo que anhelaba desde que no sabía de él, llegó al estudio puntual, el ambiente era idéntico, noto el olor a incienso, luces suaves, la misma tarima de madera en el centro. Solo que ahora había un gran espejo en una esquina y junto al colchón, una caja cerrada, K no dijo nada cuando la vio, solo la abrazó, luego le susurró al oído. 

—A partir de ahora, no hablarás, no dirás una sola palabra, solo podrá gemir y respirar, yo me encargo de lo demás. 

Ella asintió, tragando saliva, ese silencio era una promesa de placer, él la guio al centro, y como si su cuerpo recordara lo que debía hacer, se arrodilló desnudándose completamente, se sentía tan vulnerable, tan dispuesta a complacer los deseos de K, esta vez la ató diferente, él empezó por sus piernas, dejando sus muslos apretados, sus tobillos limitados, luego el torso, K No buscaba solo restricción, le enseñó sin hablar lo que era obedecer con el cuerpo, ella no se opuso a nada. sintió cómo sus pensamientos se callaban con cada nudo, su mente se volvía un espacio vacío y solo quedaba él y las cuerdas, cuando terminó de atarla, la llevó frente al espejo 

—Mírate —susurró—. Mira en quién te estás convirtiendo. 

Elsa lo hizo, se vio de rodillas, atada, los pechos apretados y sus ojos brillantes de entrega, ella no se reconocía, pero le encantaba, la colocó en el colchón, pero esta vez boca abajo, luego sobre su espalda, apoyó algo frío, un plug pequeño, él acarició su cuerpo por segundos, sin entrar. 

—Respira. 

Ella le obedeció y cuando lo introdujo, lenta pero firmemente, su cuerpo se tensó para luego rendirse, el placer era nuevo. Inesperado, más profundo, jugo con el plug, la penetraba de forma suave, ella se acostumbraba a esa nueva sensación, luego se detuvo, él la penetró desde atrás, con ella atada, sumisa, con el espejo al frente, ella miraba cada embestida, él halaba su cabello para que levantara la cara, la obligaba a verse, a reconocerse como la mujer obediente que ahora era, entregada a K, a ese sujeto que ahora la dominaba y era dueño de su placer, cuando estuvo a punto de correrse, él la detuvo. 

—Todavía no —dijo. Y con eso, ella supo que el control era absoluto.

 Él se sentó detrás de ella, la colocó sobre sus rodillas, la movió a su antojo mientras entraba y salía de ella nuevamente, la usó, sin violencia, pero con posesión, la hizo suya como un escultor moldea el barro para crear su obra perfecta y cuando por fin se lo permitió, ella se vino llorando, silenciosa, estaba vibrante, tan satisfecha de sus deseos, después, él la abrazó, le quitó cada nudo con ternura. le besó la espalda, le brindo agua y le susurró.

 —Hoy no necesitaste palabras, solo obediencia, te entregaste mejor que nunca, ella sonrió porque entendía, por fin, que cada sesión era una lección y ella estaba feliz de aprender porque se sentía tan sumisa tan libre, después de ese día, Elsa no dejaba de pensar que la excitaba más, si los nudos o el dolor, desde su última sesión, vivía con una extraña sensación bajo la piel, como una fiebre suave, la necesidad constante de ser atada, usada, puesta en su lugar, pero esta vez, él había sido claro en el mensaje 

—Hoy serás castigada, lo haré desde el aire, no puedes tocarte hasta que nos volvamos a ver. 

No hubo preguntas, solo obediencia por parte de Elsa, cuando ella llegó al estudio, ya había una estructura de madera armada en el centro, de esa estructura colgaban varias cuerdas atadas con ganchos, poleas y un propósito, al ver eso su cuerpo reaccionó antes que su mente, estaba mojada con solo ver el montaje, él la esperaba, vestido de negro, muy cuidadoso y tan frío. 

—Has estado distraída —dijo sin saludo—. Te dije que no te tocaras sin permiso, lo hiciste y ahora lo pagarás. 

Ella bajó la cabeza. su voz no tembló, pero su sexo sí. 

—Lo siento. 

—No me interesa tu disculpa, solo me interesa tu cuerpo.

 Él se acercó, la desnudó sin palabras, la hizo girar con una palmada, le sujetó las muñecas, el primer nudo fue seco, rápido, luego el torso, las cuerdas le apretaban más que nunca, él buscaba control total de su cuerpo. 

—Hoy no eres mi sumisa, eres mi juguete, no mereces placer hasta que yo lo diga.

 La suspendió lentamente, primero las piernas, luego el torso, el peso la haló hacia arriba y ella quedó flotando, con los brazos atados por encima de su cabeza, los muslos separados, el sexo expuesto, tan vulnerable y hermosa.

 —Mírate, ni siquiera puedes cerrar las piernas, eres completamente mía.

 Él la rodeó, la miró desde todos los ángulos, luego, sin previo aviso, le dio una palmada suave en la nalga izquierda, el sonido se escuchó en toda la habitación., ella jadeó, su cuerpo se sacudió en el aire.

 —No es dolor —susurró él—.Es recordarte quién manda.

 Siguió con palmadas en ambos muslos, luego tomó un flogger de cuero suave, comenzó a marcarla con ritmo lento: uno, dos, tres golpes y una pausa para acariciarla, para soplarle el cuello, para apretarle los pezones con los dedos. 

—¿Quieres correrte? 

Ella intentó hablar, pero solo salió un gemido. 

—No puedes. No todavía.

 Metió dos dedos dentro de ella, la penetro con intensidad, logrando que se mojara aún más, sus dedos entraban fácilmente con lo excitada que estaba Elsa, completamente empapada, dejo de penetrarla para jugar con su clítoris, ella temblaba, colgando de los nudos, se sentía muy empapada, ella apretaba los puños, mordía sus labios, rogaba en silencio, cuando ella estuvo al borde del orgasmo, él se detuvo. 

—No.

 Ella gritó, pero no fue un grito de rabia, fue de deseo puro, él la abofeteó suavemente, luego más fuerte, solo el rostro, solo el roce, luego besos, mordidas, era un juego de dolor y ternura que la rompía en dulces pedazos, él volvió a  masturbarla, sus caricias eran lentas, volvió a meter los dedos, ahora lo hacía tan profundo, ella suspiraba, lloraba, suplicaba con los ojos cerrados. 

—No. Otra vez, le negó el orgasmo. 

—Hasta que tu cuerpo no me lo ruegue, no te daré el permiso de venirte. 

Ella gritó, se sacudió, se arqueó en el aire como una criatura salvaje colgando del deseo, su cuerpo sudaba, vibraba con cada caricia, las cuerdas la mantenían abierta, entregada, tan expuesta a los deseos de K, finalmente, cuando no podía más, cuando las lágrimas caían, cuando los gemidos se volvieron llanto, él volvió a tocarla, pero esta vez no se detuvo. 

—Vas a correrte y vas a agradecérmelo. 

Su lengua fue directo a su vagina, realizo succión, uso sus dedos para aplicar presión, ella gritó y se corrió con una fuerza que casi la hizo perder el aire, fue un orgasmo intenso, largo, que le robó las palabras, se vino una vez, y luego otra, y otra más. El cuerpo suspendido convulsionaba en el aire, atado, rendido, entregado a su propio placer, cuando ella se calmó, él bajó el sistema con cuidado, la acostó en el colchón sin desatarla aún, le acarició la frente, le besó con más suavidad

 —Buena chica. 

Ella no podía hablar, solo respiraba con fuerza, la sonrisa en su rostro no era de placer, era de pertenencia porque por primera vez, entendía que el verdadero castigo, era amar ser suya 


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